samedi 24 septembre 2016

Carta a Obama de un niño anarquista




Estimado Presidente Obama, ¿recuerda el niño neoyorquino que le escribió una carta ofreciéndose para acoger en su casa a aquel otro célebre niño herido de la ambulancia en Siria? Verá, conozco bastante bien a ese pequeño gilipollas, por desgracia vamos juntos al mismo colegio, y mi padre y su padre le comen el culo más o menos a la misma gente para que las zorras de nuestras madres puedan pasearse con la tarjeta de crédito por Fifth Avenue sin demasiados sobresaltos, y sin que se les borre esa eterna sonrisa de ociosas damas del Upper East Side que hubiera hecho a Capote cruzar cualquier acera de Madison o Park Avenue moviendo alegremente su rabito de radiante lagarterana. Ya sabe la mierda de la que le hablo. Ahora pensaba en todo ello, masticando chicle ya sin demasiadas ganas, aquí mal sentado en la biblioteca escolar releyendo en el Times la noticia de la puta carta. Sí, ya sabe, esa carta que leyó usted en la ONU hace unos días con ese falso tono compungido que ya le conocemos bien, como en la matanza de Umpqua o de Sandy Hook, ese tono impostado que saca a relucir en todas esas ocasiones propicias en las que prentende convencernos a todos de nuevo que en realidad sí que es merecedor del Premio Nobel de la Paz, pese a ese pecadillo venial de ser el general en jefe del ejército más sanguinario del planeta (God Bless America!). Supongo que aún la recuerda, aunque soy consciente que a los actores mediocres como usted se les suelen olvidar enseguida los teatrillos de provincias, y sólo suelen conservar la memoria para las grandes hazañas de los verdaderos coliseos. Le recuerdo el estribillo por si acaso, "¿puede ir a buscarlo y traerlo a nuestra casa...? Le estaremos esperando con banderas, flores y globos. Le daremos una familia y él será nuestro hermano". Tan cristianamente emotivo el discursillo solidario del jodido niño burgués, ¿verdad? Qué lastima que todo sea un mero espectáculo propio de nuestra época debordiana, y sólo valga ya como mercancía capitalista para acabar siendo un fetiche que colgar en forma de adorno en los arbolitos sintéticos de la próxima navidad, reconvertido en codiciado emblema de ese frágil hombre común americano que de forma tenaz procura siempre hacer los mejores votos para seguir aparentando ser un buen cristiano, para demostrar ser un miembro honorable del rebaño y así permanecer a salvo de la amenaza platónica de las fauces del lobo todopoderoso.

Pero no se preocupe estimado Presidente Obama, ya me he encargado de darle su merecido a ese puto subnormal alienado ya por la metodología burguesa del espectáculo y de la apariencia. Esta mañana lo he cogido en los pasillos del colegio de la solapa de su abriguito de miles de dólares (de forma amable por supuesto), y lo he metido en los baños y lo he puesto a comer y oler mierda de la de verdad, esto ya, evidentemente, como usted comprenderá, de una forma menos amable. Tenía que haber visto su semblante descomponiéndose, sus ojos hinchándose de un dolor por primera vez auténtico, su ineficaz pataleo tratando de oponerse al contacto con la dura realidad. Siempre sucede lo mismo con estos niños burgueses, el contacto desnudo con la realidad les desarma todos sus castillos de naipes, todas esas membranas asépticas que bajo los biombos de la toma de distancia (colegios elitistas, barrios elitistas, comercios elitistas, centros de ocio elitistas, clubes de golf elitistas, etc.) consiguen que pueda reconvertirse lo "real" de sujeto sensorial en frío objeto conceptual. Sólo en esa forzada destrucción obtienen la dolorosa toma de consciencia de las diferencias de grado entre el confort de lo aparente frente a la insoportable pocilga de lo real. Sólo entonces comprenden que no es lo mismo dar un plato de sopa a los mendigos en el comedor de la iglesia cada domingo como simulada obra solidaria que oler en vivo cada día la suciedad de las ropas de cada mendigo hasta convertirse uno mismo en otro sucio mendigo. Usted sabe bien de lo que hablo, usted fue también un sucio mendigo en las calles de Chicago, estuvo rodeado de ellos, olió su miseria hasta hacerla suya, y hábilmente autotransformado en flautista de Hamelín la usó con inteligencia política para emprender la escalada social que poco a poco le condujo a esa cúspide final, desde donde los límites entre ambos mundos se hacen tan diáfanos como en algunos de los versos cinematográficos de un De Sica o un Jean Renoir. Pero para entonces el olor de la miseria ya sonaba distante como si proviniese del mundo de los sueños, ya se había convertido también en un frío objeto conceptual sobre el que especular en el tiempo. La urgencia de lo real devino en la demora de toda utopía, cuando ésta deja de pertenecer al territorio de la voluntad y pasa a la esfera veleidosa de la estrategia. El anhelado "destructor" se reveló de este modo como el máximo garante de la maquinaria de destrucción en marcha, en otro diligente guardián de las muchas llaves y las muchas cerraduras que segregan el confortable mundo de lo aparente del descarnado mundo de lo real.

Nada de esto hubiera sido necesario sin embargo si usted mismo le hubiera metido metafóricamente al pequeño nuevo héroe americano la cara en las profundidades fecales del retrete, procediendo en lugar de festejar poéticamente su supuesta humanidad descifrando por contra el trasfondo del patrón de comportamiento que se esconde detrás de algunos "do-gooders", exponiendo en detalle el debate que corre desde las consideraciones dieciochescas sobre la naturaleza egoísta de ciertos altruismos hasta las aseveraciones que aporta la biología y psicología evolutiva contemporánea sobre la conexión de otros altruismos con un auténtico sentimiento de empatía (hay un libro de MacFarquhar que aborda el tema con suficiencia aunque con el aguijón de la crítica burguesa bastante descargado, pídaselo a alguno de sus ayudantes). En vez de su lacrimosa arenga de telepredicador evangelista de tres al cuarto hubiera sido más aleccionador que disertase sobre los matices entre ese altruismo real sobre el que se fundamenta por ejemplo la amistad anarquista y ese altruismo impostado e impulsado por razones egocéntricas de ciertos "do-gooders", tan abundantes entre la clase burguesa de nuestro tiempo, que realizan el bien como una expiación moderna de un soterrado sentimiento de culpa por la militancia en ese "individualismo dominante" que convierte la vida de los individuos en una lucha degradante y, sobre todo, bajo el instinto de que ese "acto solidario" les reportara en último término algún tipo de beneficio a nivel personal. Pero, claro, ninguna de esas reflexiones eran por supuesto esperables de su nueva aparición pública, como nunca fue esperable que, en lugar de anestesiar la realidad mediante esas loas sentimentalistas a modo de tiernas fábulas decimonónicas, avivara la esperanza humana actuando activamente contra la degradación medioambiental del planeta, contra la desigualdad basada en la coacción y la explotación, contra el sutil neocolonialismo moderno que pauperiza la mitad de la población mundial, contra la especulación y apropiación de los recursos naturales, contra los imperalismos morales que uniformizan al individuo. Nada de eso, en efecto, era esperable en usted, estimado Presidente Obama, puesto que todo el mundo sabía desde el principio que era uno más jugando a prestigiarse en el juego de no parecer uno más.

Mañana cuando reciba esta carta en su famoso despacho probablemente no habrá ya más futuro para mí en la elegante sala de esta biblioteca escolar desde donde le escribo, mi defenestración individual quizá haya comenzado ya por atentar contra el amado nuevo héroe americano, mi marginalización habrá dado comienzo como siempre presentí como amenaza y como destino social. Mi rostro saldrá en los periódicos estigmatizado como el de todos aquellos que leen con devoción el Catecismo maldito de Necháyev, como todos los que no podemos dejar de admirar las obras de los anarquistas de finales del siglo XIX que amaban sobre todas las cosas terrenales el olor de la pólvora negra y como todos aquellos que encontramos en los textos de Unabomber más certezas que despropósitos. Bajo la invocación utilitaria del "principio de no agresión" que usan todos los individuos burgueses para parapetar contradictoriamente en sus cláusulas la legitimación inviolable de su agresivo y explotador "individualismo dominante", mi acción será presentada como intolerable violencia y no como alumbradora rebelión. Pese a mis cortos años de experiencia vital, soy perfectamente consciente que la única violencia tolerada en el mundo liberal es aquella violencia subrepticia que coincida con los códigos constitutivos de lo aparente que vertebran el propio sistema. Toda violencia indisimulada, ajena a esta pauta, es el signo delator de los criminales, los locos o los revolucionarios; siendo ese tipo de violencia frontal únicamente permitida a los guardianes de las llaves del sistema, ya sea para intervenir aquí o allá por alguna arbitrariedad circunstancial, por algunos de los muchos motivos que sean acomodables en el cajón de sastre de la "seguridad nacional", por alguna razón geopolítica que amenace el jaque internacional o en el plano más prosaico para "neutralizar la amenaza" que una noche pueda suponer algún yonqui iracundo en Times Square o un puto negro altivo en cualquier calle de Missouri o North Carolina. Mi peor mal ha sido, como en el caso de Sade, el descubrimiento precoz de todos "los dogmas absurdos, los misterios espantosos, las ceremonias monstruosas, la moral imposible de esta repugnante religión" sobre los que se sostienen no como en el pasado aquellos sistemas religiosos de aquellos "grandes bribones" que "supieron asociar las divinidades que fabricaban a su ambición desmesurada" sino sobre los que se sostienen los cimientos actuales de la democracia burguesa. Y esa certeza ha infundido en mi carácter el desprecio más absoluto por toda sistematización de la libertad o felicidad individual, por todo fingimiento contrario a lo sustantivo.

Mañana, como decía Frederick Jackson Turner hace más de un siglo, nos quedará seguir extendiendo la frontera muerta y ese dinamismo americano de experimentar los límites de la existencia individual. Mi destino será por tanto ese verdadero destino del espíritu del pionero americano que cruzó un océano para ensayar de otra manera la libertad individual, el mismo espíritu ácrata que subyace incorrupto y ajeno a los cantos de sirena de la democracia liberal en el Free State Project de New Hampshire, ser libre o morir. Aunque tampoco me es ajeno que mañana mismo restará también ese continuar escapando, como ser humano que soy, del lobo que habita en mí mismo y también de ese lobo que resiste socialmente en el exterior, en el propio Free State Project de New Hampshire en el que en ocasiones para ser libre es consentido dominar al otro, procurando ante esas amenazas, con voluntad de transfiguración, desertar de todo ello e instalar en cambio el Ser en el dominio social de ese "individualismo armónico" en el que para ser libre no es preciso recurrir a las artimañas del lobo. Ese lobo implacable que ensangrenta niños que terminan siendo fotografiados desvalidos en el interior de ambulancias y cuya penosa imagen estimula la composición de espectáculos de solidaridad en ese otro lado del mundo donde nunca caen bombas, y que avispados jefes de gabinete instrumentalizan con sagaz retórica para el beneficio de erráticos presidentes, creando artificiosas aureolas que hagan brillar reflejos magnánimos allí donde, pese a todos los disfraces, siempre hubo, simplemente, un rostro de lobo.






Guerau K. Blissett
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