samedi 27 août 2016

Epitafio para una alcahueta sobre fondo gris









a SuccaX,
in memoriam 





Oh dioses del averno arquista, deambula ya a vuestro encuentro el cuerpo incorrupto del joven ataráxico SuccaX, sedle propicios en su nueva morada, pues también de él se han apartado los favores de los númenes celestiales. Acoged en vuestro seno con todos los festejos propios del dios Archos a este taimado autoritario, a este viejo prematuro, a este feliz hater antisemítico negador del Holocausto, a este misógino disfrazado en discursos críticos, a este impenitente buscador de noblezas que en sus últimos días alcanzó como único honor el título de alcahueta mayor del reino twittero, donde encontró el mejor refugio para su ánimo vencido y su ficción de guerrero fantasma combatiendo fantasmas stirnerianos, intentando gobernar débiles voluntades mediante el ejercicio soterrado de esas astutas diplomacias devenidas de ilustres educaciones burguesas. Aunque ya anciano precoz, todas esas andanzas finales desprendiesen a la postre el rastro melodramático de la vulgar sombra desfigurada de un decrépito sátrapa de celuloide.

Corrieron sus mejores días fingiendo la fantasía de ser un individuo anarquista, en primera instancia seducido como todo temperamento aristocrático por los tentadores brillos de lo selecto, y después en el progreso de su estrategia ataráxica, para neutralizar el dolor de la vida y de las emociones, como mero caparazón instrumental donde disfrazar como potencias los vacíos de las carencias o las renuncias.

Su devenir vital estuvo marcado por ese contradictorio signo de una idealizada voluntad de potencia y la deprimente realidad de una impotencia orgánica. Y como todo organismo limitado para cumplir por sí solo su voluntad, tendió toda su vida a los bálsamos de asociarse parasitariamente a las estelas brillantes de individuos ilustres bajo esforzadas traducciones o al lenitivo lamecuril de convertirse en la sombra zalamera de jóvenes individuos que desbordaban el carisma y el talento creativo que a él le faltaba, incluso aunque no fuesen de su aprobación ideológica, como el caso de su polémica amistad personal con el joven falangista burgués Diego Volia, amistad de la que siempre presumió refinadamente en privado, pretendiendo engalanar esa ignominia con el centelleo de lo solemne.

En las dependencias de su solitaria granja, constituida como tumba y no como vergel, recordó muchos días con amargura su infancia burguesa. Aquellos días burgueses forjaron la fundación por resentimiento de su nihilismo negativo, para el que nunca encontró un compensatorio nihilismo positivo que le convirtiera en creador de un nuevo mundo transvalorado. Esos días de juventud estuvieron definidos, como los últimos días de Caravaggio, por la gravitación de la necesaria huida, aunque al contrario del pintor milanés, él no escapara con la carga tormentosa de ningún crimen cometido, sino precisamente con la carga tormentosa contraria causada por la asunción de la cobardía por el crimen no cometido. De aquellas penosas noches burguesas, de las que siempre huyó, quedó sólo latente la nostalgia del gusto aristocrático y el vicio por los placeres alcahuetiles, ese goce de las intrigas palaciegas a las que por costumbre ha derivado, como imitación del poder vedado, el carácter débil de aquellos cortesanos que ocultan un rey en su interior. En esos deleites alcahuetiles, él también ventiló en la penumbra de discretas trastiendas esa naturaleza autoritaria de pretensiones imperiales que nunca supo disimular del todo, haciendo bueno el dicho de que no es peligroso cortesano aquel plebeyo que sueña castillo, sino aquel aristócrata disfrazado de cortesano que habiendo sido expulsado de uno pretende reinar sobre castillo ajeno.


En tediosas tardes de verano, en la más absoluta soledad, y sin otros seres desnudos a su alrededor, en el transcurso de esos instantes en principio anodinos, él había obtenido alguna vez las mejores evidencias sobre sí mismo y sobre la naturaleza humana en la contemplación de la Vida circundante a su granja-mortaja. A veces era el vuelo inalcanzable de una águila solitaria, en otras ocasiones era la larga contemplación de una hilera de hormigas que terminaba recordándole que lo determinante no era el destino estático sino la travesía dinámica. Pero no fue hasta un día en el que, contemplando distraído como una culebra se comía a un pollo, encontró como Nietzsche aquel frío día de invierno en Turín la lección más importante sobre sí mismo. Y entonces, como si fuera el mismo Friedrich Nietzsche cruzando la plaza Carlo Alberto para abrazar al caballo maltratado y resignado en el suelo por los azotes del cochero, él cruzó también el patio de su granja para abrazar los restos de aquel pollo y pedirle también perdón porque él encarnaba también el dominio cruel de la culebra y el cochero, entendiendo para siempre las diferencias entre el “individualismo armónico" anarcoindividualista y el “individualismo dominante” del liberalismo burgués que, como condenaba Han Ryner, se sustenta en esos “egoísmos agresivos y dominantes (…) que extienden la ley brutal de la lucha por la vida a las relaciones entre los hombres” legitimando la explotación y el dominio de unos individuos sobre otros, manteniendo así todas las redes del entramado social ancladas en ese estado de naturaleza salvaje que como pronunciaba Tennyson es siempre “sangre en los dientes y en las garras”. Ese día final, en un último suspiro de rabia, tomó consciencia de que pese a sus pasadas ínfulas nietzscheanas de alcanzar una gloria suprahumana, no sería nunca nada más que otro simple mortal, otro triste mortal jugando a ser dios.



Guerau K. Blissett
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