vendredi 19 août 2016

Carta abierta a despistados editores comerciales o independientes



con motivo del interés de algún editor despistado
con respecto a la autopublicación de mi segunda novela, Anarkia




Aunque nunca he sido partidario de alimentar ningún tipo de imagen pública de hecho como muchos son ya partícipes, siempre he sido más bien un radical defensor de mantener un estricto anonimato por alérgica adversión como anarquista al culto de la personalidad, a los arbitrarios mecanismos de autoridad artística y a los coercitivos roles burgueses de popularidad narcisista—, uno creía que al menos había conseguido proyectar ya una cierta imagen orientativa acerca de mis intereses y de mis desintereses. Sin embargo, según parece, la situación no era tan diáfana, y aún habrá que seguir trabajando para que la fama le preceda a uno.

Por ello, me dirijo en este caso, dado el sorprendente despiste y confiando en que no se repita despúes de esta aleccionadora misiva, a ti querido y estimado editor independiente o comercial. Apunta bien todo esto puto gilipollas ególatra camuflado de filántropo cultural y hábil proxeneta de la vanidad ajena, y grábalo todo, si es posible, con pulso firme mediante rotulador permanente: me suda completamente la polla, sí, has escuchado bien, me suda completamente la polla toda vuestra ficción totalitaria de “cultura” de letras doradas, toda vuestra tradición suntuosa de “arte ilustre” inventariado a golpe de fraudulentos premios y jurados endogámicos, exaltadores de un tipo de “hombre de letras” que acepte sumiso, a cambio de jugosas recompensas del ego, la reproducción ad æternum del sistema perverso de la “cultura burguesa” y el dócil “autor burgués”, incluso en esa risible versión de simulado “autor rebelde” contestatario (los auténticos malditos nunca “profesionalizan” ni “estilizan” su condición marginal), encantados todos así finalmente de solidificarse —busto mediante— en ese olimpo rancio de bibliotecas alcanforadas y marmóreos salones de Bellas Artes de hipnóticas cúpulas doradas. Insisto una vez más, y apúntalo todo con buena letra puto gilipollas: me suda completamente la polla, que sí, que sí, has escuchado perfectamente, me suda totalmente la polla toda esa asquerosa mecánica vuestra de expedición de esos ilustres “sellos de calidad cultural”, merci, monsieur pero no necesito ninguna etiqueta de “escritor oficial”, como decía Henry Miller en Trópico de Cáncer, simplemente “lo soy”, sin necesidad sancionadora adicional de sacras bulas papales. Pero no te preocupes demasiado pobre mercader de náufragos de autoestima social, tienes el campo lleno de Carls, esos esnobs y capullos aristocráticos que venderán con una sonrisa de felicidad su culo y hasta el último gramo de su autenticidad para que le ofrezcas la fantasía social de “escritor” en el correspondiente nicho de mercado; esos esnobs y capullos aristocráticos que a menudo esconden a un perdedor crónico que en una atmósfera artificial de supuesta victoria social pretenden restañar todas sus heridas e inseguridades personales; esos esnobs y capullos aristocráticos que estarían encantados también como P.B. Jones de casarse con cualquier Peggy Guggenheim, aunque sean treinta o quizá más años mayor que ellos y tengan que aguantar su irritante costumbre de hacer sonar la dentadura postiza en el peor momento, porque todo quedará compensado por el placer de pasar toda una tarde de invierno veneciano en el sólido y blanco Palazzo dei Leoni rodeados de once terriers tibetanos y un mayordomo escocés.

Cualquier persona que se haya rodeado el tiempo suficiente entre personajes como vosotros, supuestamente “comprometidos” con la cultura y el “conocimiento humanista”, que atufáis con vuestros fingidos y engolados modales de corrección todos los salones y ambientes académicos “oficiales”, sabrá bien que, en el fondo, el único compromiso que poseeis es con vuestro propio ego y con el apetito insaciable de ver, día tras día, vuestra autocelebración personal en titulares de suplementos literarios y cartelitos de anuncios de ingeniosas y cultísimas conferencias que materialicen, por agregación en el tiempo, esa asociación interesada de vuestro nombre al lustroso y aceptado sello de superioridad jerárquica del arte socialmente sacralizado. No pico tampoco ya ese tentador anzuelo del “editor independiente” y la “cultura alternativa” que trata de construir un contradiscurso a la cultura dominante. No me trago ni por un puto minuto más todo ese cuento bien hilvanado que en última instancia no es más que la recreación de un “olimpo paralelo” de aparente contestación contracultural, aunque en verdad no hace más que reproducir bajo otra “estética” la misma lógica aristocrática acomodaticia y los mismos roles clasistas de la cultura burguesa y el autor burgués en un plano ideológico diferente, el astuto juego de la cosmogonía simbólica de la antípoda y su ciclo vital paralelo que se retroalimenta en un permanente combate de complementarios antagonistas, alcantarilla y agrio estercolero final donde van a parar todos los frustrados y resentidos que no han podido acceder o han sido expulsados, cuan ángeles caídos, del Parnaso oficial, y quienes con sibilina inteligencia transforman entonces su propia derrota y rencor vital en una lucrativa literatura del perdedor social y el antihéroe.

Ninguna de esas culturas impostadas representa la cultura libertaria ni la magnitud de la significación del autor anarquista regida por los rendimientos artísticos del “principio anárquico” y la lógica anti-institucional ordenada por la revolucionaria máxima gombrichiana que sentencia que “no hay Arte, solamente artistas”. Ese “principo anárquico”, motor de la anarquía natural en el arte, se personifica en aquella misma “revolución de la psique” que ya anunciaba el grupo anarquista moscovita “House of Free Art” en los días de la revolución rusa, esa “revolución de la psique que destronará las calcificadas prácticas artísticas de la cultura burguesa”. Una superación de las prácticas artísticas artificiales y simuladas ligadas a un modelo social y a un arte reglamentado contrario a la libertad anárquica del individuo-artista que Burliuk, Mayaskovskii y Kamenskii en su artículo "Decree No. 1 on the Democratization of Art" —publicado el 15 de marzo de 1918 en la Gazeta Futuristov—, declaraban que llevaría, en última instancia, al derrocamiento del confinamiento del arte por parte de las élites sociales en “palacios, galerías, salones, bibliotecas y teatros”, pregonando que en adelante la expresión artística libre, espontánea y sin subordinaciones de clase mandaría en las calles (y en las “calles digitales” añadirían, sin duda, en nuestros días).

El artista de la cultura libertaria es por tanto, frente a vuestro “artista domesticado”, ese tipo escaso de creador animado de forma determinante, en su existencia y en su procedimiento creativo, por el espíritu de ese “principio anárquico”, encarnando esa figura —equiparable en actitud y conciencia— al detallado “vagabundo intelectual” stirneriano. Ese creador libertario que como actitud natural idiosincrásica extiende siempre los límites de lo representado y las formas de la representación, ese creador que no se somete a ningún dogma ni liderazgo, ese creador que jamás es apresado por la inercia productiva del “discurso foucaultiano” heredado de la tradición o del medio sociocultural que le ha tocado vivir sino que coloniza y domina el “discurso” a su antojo “ampliando” a la postre el “discurso”, ese creador que en su caótica evolución personal adquiere el estado soberano lipovetskiano que le lleva a proclamar en algún instante de madurez evolutiva “la ley soy yo mismo”, ese creador radicalmente autónomo que no es apresable por ninguna estructura porque es a la vez sólido, gaseoso y líquido colindando de modo esquizoide en esa anarquía del “punto triple” a la manera de una sustancia que oscila permanentemente entre lo estable y lo inestable. Ese creador soberano y nómada, en definitiva, que siguiendo el dictado de Deleuze y Guattari, se mueve sin anclajes en una permanente desterritorialización opuesto a la sedentarización de las instituciones disciplinarias.


Y ahora, como remate final, apunta también esto emérito gilipollas: un día, mucho más temprano que tarde, de la revuelta invisible de Trocchi y la niebla digital de Vian, irán emergiendo una legión insobornable de coherentes autores anarquistas que no precisarán más de intermediarios ni ansiarán militar tampoco en más olimpos aristocráticos. Y ese dia futuro, los de vuestra raza de “individualismos dominantes” estaréis condenados, como amarga capitulación, a la marginación más tediosa y falta de oropeles, a la estricta supervivencia de seguir manteniendo en pie el castillo heredado de la “ilustre” tradición seduciendo en exclusiva a todos esos pobres desgraciados que en el ejercicio de los pódiums, las ceremonias y los reconocimientos sociales construyen falsamente relatos de sí mismos más soportables que la cruda realidad. Pero ya no importará, porque mientras tanto, en la invisibilidad difusa del “individualismo armónico” de aquellos que sólo combaten contra sí mismos, la raza de los autores anarquistas no dejará de avanzar en un bucle virtuoso, en una niebla revolucionaria, y ante sus puertas individuales el hechizo de la tradición se desvanecerá y no cabrán ya entonces ninguna de vuestras lisonjas ni laureles envenenados, porque a un auténtico einzige no se le puede intentar halagar con nada superior a sí mismo, puesto que el goce de su unicidad no puede ser superado por nada humano, demasiado humano.



Guerau K. Blissett
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