lundi 13 juin 2016

El lugar de los hombres buenos




El funcionario de prisiones le entregó sus pocas pertenencias personales por la ventanilla, y él las miró con ese desapego con el que se miran siempre las cosas obsoletas, como si ya fueran un lastre o una nueva condena, con esa pereza de los que se han acostumbrado a vagar con los bolsillos vacíos. 
En el exterior le sorprendió una de esas mañanas de mayo nerviosas, alimentada por un extraño viento que nadie sabía con exactitud de dónde venía. 
—Lee Harvey Oswald era un pobre desgraciado como todos nosotros —repetía una mendiga arrodillada cerca del primer semáforo que encontró en rojo.
El presidiario envolvió con torpeza todas sus pertenencias en el hatillo de una camisa vieja, lanzándolo acto seguido desde la distancia a los pies de la mendiga como quien alimenta a los perros peligrosos en las perreras municipales. La mendiga sin levantar la cabeza se quedó estudiando en silencio el hatillo de objetos personales tirado enfrente de ella, antes de comenzar su nueva letanía: “el anticristo es el hombre y habita en todos nosotros”.
Sin perder tiempo, el presidiario se apresuró a tomar el metro en la primera parada cercana, colindante ya con el sur del Bronx donde hacía casi treinta años había nacido, sin que esa proximidad le produjera para su asombro ningún estímulo emocional. El viaje hasta las manzanas centrales del Upper East Side tuvo en cambio la misma emoción de las primeras ocasiones cuando no era más que un niño ingenuo, y creía que estaba visitando en realidad el selecto olimpo de los dioses que salían en prime time en televisión. 
Allí paseó en primer lugar por los laberintos de Central Park aquejado de una súbita pesadumbre, como si andar fuese ya la cosa más absurda del mundo.
Con esa misma inercia irregular de todo vacilante continuó la ruta que su memoria dictaba a golpes caminando hasta el comienzo de la quinta avenida, mirando con desgana los escaparates y sorprendiéndose como la primera vez de la verticalidad de los rascacielos, como si el hombre hubiese decidido subir al cielo directamente, sin más escaleras espirituales. 
Había en todo ello el reencuentro con esas felicidades sintéticas del urbanita que casi había desaparecido en su interior durante sus años de reclusión, llevándole de pronto como una tentación maldita a aspirar bien profundo el aire mezclado de gasolina y asfalto como un chute de mala cocaína. 
—Vete a la mierda, puta gilipollas —gritaba un joven trajeado por su smartphone saliendo de un taxi a probablemente alguna puta gilipollas.
En el cruce de la 59 con Park Avenue decidió tomarse un perrito caliente, impacientándose enseguida en la cola de espera junto con otros hambrientos de media mañana, mientras al mismo tiempo iba sintiendo la tentación de follarse como un deseo de libertad en cualquier motel cercano a la joven dependienta con cara de mamarla sin demasiados ascos. El rostro de la joven aún lleno de entusiasmo denunciaba que seguramente había llegado no hacía mucho de alguna parte del sur para hacer fortuna, como todas las chicas que llegan del sur alguna fría mañana de invierno con las maletas llenas de sueños y alguna moneda de la suerte escondida en algún bolsillo secreto como un pequeño dios benefactor. A pocos pasos del puesto callejero empezó a devorar el gigante hot dog con torpeza, como si hubiese perdido toda la habilidad deglutativa del fast food, mientras su figura escuálida se reflejaba en una pantalla de plasma de unos escaparates que prometían dos por uno y transporte gratuito en cincuenta millas a la redonda. En esa posición se quedó inmóvil, siendo atravesado por la jauría de transeúntes mientras devoraba el perrito caliente a grandes bocados, viéndose masticar a cámara lenta en la pantalla de todos los televisores del escaparate cada bocado con muecas de placer y espanto, como si no fuese en el fondo más que un ectoplasma social.
El final de la comilona fue un asqueroso escupitajo amarillo en el suelo cuya huella se apresuró a borrar de inmediato en un involuntario acto reflejo que le dejó meditando algunos segundos, antes de emprender de nuevo la marcha. 
Un poco más lejos, en la esquina de la séptima avenida con Broadway compró un cuchillo en la tienda de un pakistaní delgado y con cara de dormir poco, y antes de salir de nuevo a la calle lo guardó con cuidado en el bolsillo de su chaqueta. Una manzana más abajo, a la altura de un escaparate de maniquíes sensualmente desnudas que llamó su atención, se sentó a esperar durante horas sin moverse, observando simplemente a la gente sin rostro que pasaba con sus caderas rozando su cabello, jugando de forma divertida a descifrar a cada uno por sus zapatos o su manera de andar.
—¿Viste el capítulo de ayer?
—No, me quedé dormida, ¿qué pasó?
—Ella le confesó que su padre era un conocido travesti mexicano.
—¿Y qué respondió él?
—Le contestó bromeando que le parecía magnífico para su currículum social.
—Cada vez siento más asco por lo políticamente correcto. 
—Absolutamente, este país se va a la mierda.
Así pasó sus primeras horas en libertad, escuchando trozos de conversación sueltos, y el hilo musical de la boutique, hasta que apareció un tipo cualquiera, uno más de entre la multitud, y comenzó a seguir sus zapatos de diseño italiano otras dos manzanas hasta que la casualidad de un callejón discreto se presentó como la oportunidad perfecta.
El hombre maduro de talla media casi no se resistió, como si no le sorprendiera la violencia de los cuchillazos o como si en verdad lo esperara desde hacía tiempo.
El presidiario recordaría durante muchas noches su expresión desvaneciéndose sin horror, casi se diría con una escalofriante paz.
Todos los testigos señalaron el fondo del callejón oscuro como la dirección de su rara huida con paso corto y tranquilo, murmullando algo ininteligible sobre Lee Harvey Oswald
Allí, en la última penumbra del callejón, la primera dotación de agentes le encontraron completamente desnudo en el suelo, esperando en la fría oscuridad, repitiendo una y otra vez que ya estaba preparado para regresar de nuevo al lugar de los hombres buenos.



Guerau K. Blissett
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