samedi 26 mars 2016

La episteme anarquista contemporánea





El anarquismo ha deambulado en general en ese estrecho margen de debate de la filosofía y la teoría política, apresado en diversas endogamias y trampas discursivas, dejando tradicionalmente fuera de su perímetro la retroalimentación positiva y hasta la validación del marco de evidencias de las ciencias. Esta situación de aislamiento se ha venido heredando hasta nuestros días, volviendo cada vez más urgente esa tarea de actualización como de manera oportuna señala Thomas S. Martin en su obra, Steps toward a Post-Western Anarchism, cuando señala que el anarquismo moderno necesita impregnarse en las “actuales ideas e investigación en las áreas de la física post-Einstein y la teoría general de sistemas” [1]. Para ello, se torna indispensable —como sugiere Thomas S. Martin—, esa recomendable actualización en el nuevo contexto científico como reacción a la periclitación de la divina trinidad Bacon-Descartes-Newton que había construido hasta no hace mucho tiempo la forma tradicional de ver el mundo en Occidente, esa “construcción de la realidad” cartesiana y determinista que en última instancia siempre ha sido un cómplice histórico más de todas las ideologías de subyugación del individuo. La grandes tareas del anarquismo moderno pasan asimismo por la superación de obsoletos marcos de discusión, la superación de tentaciones historicistas como Capelletti intentando delimitar entre una historia y una prehistoria del anarquismo, la reinstalación, en suma, de la reflexión anarquista en el campo de esa lucha universal por la defensa libertaria del individuo y contra toda opresión, explotación y forma de gobierno. En nuestros días —en un enfoque estrictamente sociopolítico—, el debate anarquista contemporáneo no puede seguir tampoco anclado de manera estática (abjurando de su naturaleza dinámica como bien identifica Ibáñez [2] la ontología anarquista) en el pathos político del siglo XIX, haciéndose más imprescindible que nunca la completa desterritorialización de la discusión anarquista del influjo marxista del contexto sociopolítico decimonónico, la desvinculación total de esa influencia decimonónica del ideario comunitario sobre el núcleo idiosincrásico del anarquismo, restituyendo en su lugar la revolucionaria esencia del “individualismo armónico” en la corriente de Ryner [3] que siempre fue el diferendo político del anarquismo: un interconectado ejército mutualista de “unos” autónomos y no un ejército de masas dirigido por “uno”. El debate anarquista contemporáneo no debe en efecto seguir traicionando su prurito de inviolable soberanía y dignidad del individuo en la persecución revolucionaria de contranarrativas sociales fomentadas más por el resentimiento reactivo que por la libre creatividad individual, dando nuevos argumentos que validen la crítica nietzscheana sobre esos “anarquistas” que se refugian en el ideario anarquista por un sentimiento de “resentimiento”, por un “nihilismo negativo” que no conducirá nunca en el tiempo a ninguna capacidad original de creación y transvaloración personal. El debate anarquista contemporáneo no debe permanecer condicionado tampoco ni un segundo histórico más por el relato de la coercitiva lógica de la cosmovisión comunitaria proudhoniana a causa del particular entorno personal de Proudhon de pequeños propietarios y artesanos rurales acosados por el avance del mundo urbano burgués, ese ruralismo como único ejemplo de existencia, y donde como sentencia Blanca Muñoz “en su modelo de sociedad comunitaria el individuo no tiene sitio en cuanto individuo personalizado y autónomo” [4]. En resumen, el pensador anarquista contemporáneo no puede continuar “pensando” el anarquismo de forma canonizada a través de los “ojos” de los padres fundadores del anarquismo, fondeado en aquel Edén genesíaco decimonónico a modo de inviolable e hierática mitología, siendo rehén idólatra de aquellas circunstancias históricas y personales extrañas a su voluntad, siendo condicionado por aquellos momentos existenciales ajenos. Es por ello preciso que el debate libertario rememore en general que el anarquismo no tiene pasado ni futuro, sino un presente continuo siguiendo la estrategia “presentista” de Armand, debiendo en consecuencia tomar conciencia de cómo maximizar la “idiosincrasia anarquista” en la singular episteme del mundo contemporáneo, dejando por ello de ser indiferente a las características filoanarcas de ese relato indeterminista de la naturaleza post-einsteniana y post-heisenberguiana, cesando de ser “pensado” por ideologías y comenzando a “pensarse” aprovechando en su favor el “fin de las ideologías” de Bell y la “emancipación de los grandes metarrelatos” expuesta por Lyotard, dejando de ignorar con ceguera fanática esa imposibilidad lacaniana de un sujeto revolucionario proletario en la coyuntura presente, en estas especiales condiciones sociológicas a las que ha derivado el capitalismo post-industrial tras el tránsito paradigmático del “capitalismo de acumulación” al “capitalismo de consumo”, ese nuevo capitalismo “flexible” que como describe el sociólogo norteamericano Richard Sennet [5] mediante la imposición de la temporalidad, la movilidad y la precariedad laboral provocan en la clase proletaria una débil cohesión social como grupo y una identidad profesional muy frágil.


Sin duda, nunca antes en la historia desde la tiranía clásica de los pisístratas, un cuerpo social había desarrollado una dictadura más sofisticada que la presente dictadura de la déspota burguesía liberal encubierta bajo la pátina de legalidad del formato del parlamentarismo democrático. Pero al mismo tiempo —como resultado de esos espacios de yuxtaposición en lo referente a la emancipación del individuo entre “liberalismo filosófico” y los principios libertarios del anarquismo—, nunca se habían dado tampoco con anterioridad tales condiciones sociales antitéticas entre autonomía y dependencia, tales condiciones sociológicas en el fondo para una evolución soterrada del anarcoindividualismo. El impulso determinante a esta situación se encierra fundamentalmente en la problemática de la formación de la identidad personal en el contexto de la modernidad tardía o postmodernidad. En forma de la concatenación de esos “desgarros” que operan sobre el tradicional paradigma sociológico de identidad —estructurado alrededor del modelo del “personaje social”—, se tambalea la noción clásica de individuo propulsando en su vacante la nueva “sociología del individuo” [6] merced a las originales realidades y relaciones que ha desencadenado el cambio tecnológico, el pluralismo, la abolición de la conciencia histórica, el “nuevo” capitalismo, la individualización reflexiva, el instrumentalismo de la razón desvinculada, la “gubernamentalidad” neoliberal y, principalmente, esa aparición emancipadora de la “sociedad red” estructurada alrededor de Internet. Esa herramienta sobre la que pivota toda la nueva sociedad disciplinaria postfoucaultiana —ese nuevo conglomerado de prácticas psi asociadas a la “gubernamentalidad liberal avanzada” o neoliberal—, pero que al mismo tiempo es productora de liberación individual como subraya Castells cuando afirma “que Internet ni aliena, ni separa; al contrario, aumenta la sociabilidad, la comunicación” puesto que ha sido producida por “la cultura hacker”, la cultura de comunicación horizontal y libre sin control [7].


La sociedad contemporánea deviene así también en esa atmósfera de irresolubles contradicciones en un “caldo de cultivo” filoanarca beneficiándose de esa disolución de la rígida “identidad” del “absolutismo premoderno” como un signo específico del actual capitalismo post-industrial y su específica lógica de acontecimientos. En general, esta moderna volatilidad de los patrones de la “identidad” individual a causa de los requerimientos funcionales de la sociedad tardocapitalista es resumida perfectamente por el protagonismo creciente del estudio en el ámbito de la psicología de la personalidad filoanarca dinámica y creativa del “borderline light”. Ese tipo de individuo que se mueve como norma entre la “normalidad” y la “locura”, ese sujeto incubado en las particulares condiciones de flexibilidad individual de la economía capitalista neoliberal, ese sujeto dinámico que se acopla mejor a la sociedad postmoderna “por su mayor flexibilidad, por no poseer una identidad firme, por no poseer un superego sólido” [8]. Como menciona Nahman Armony reflexionando sobre esta cuestión, el “borderline light” puede ser considerado en efecto como “el hombre de la postmodernidad por su inquietud, por su flexibilidad, creatividad, sensibilidad, empatía, permeabilidad, intuición, por su aprehensión menos directa, menos mediada de la realidad, por su capacidad de detectar los más mínimos movimientos del inconsciente personal, colectivo y cultural” [9]. Numerosos autores en el ámbito del psicoanálisis moderno han establecido lazos en la misma corriente de estudio entre la sociedad postmoderna y la personalidad “borderline” leve, pero sin embargo existe todavía una amplia laguna en el campo de los estudios libertarios en cuanto al análisis de concomitancia que pueda darse entre ese tipo de personalidad “borderline light” y el potencial afloramiento en el tejido social de un categórico biotipo de “personalidad anarquista” que acabe por materializar la transitoriedad entre las condiciones filoanarquistas del mundo contemporáneo y emergentes modelos de sociedad cercanos a la anarquía social. La cuestión a abordar consistiría en dilucidar hasta qué punto la tendencia de esta personalidad flexible y dinámica opuesta a la personalidad rígida del “viejo capitalismo” —presa fácil en su “estatismo” de absolutismos ideológicos—, puede acabar derivando en esa “transición” incentivadora finalmente de una hegemonía social basada en un tipo de “personalidad anarquista” igualmente siempre en cambio, siempre reacia a toda estructura social intransigente con su variabilidad personal, siempre dispuesta a autoformatearse en su relación con el entorno, siempre presta a la exploración profunda del yo en la experiencia-límite foucaultiana, siempre tratando de imponer creativamente su “diferencia” en un sentido deleuzeano y, sobre todo, siempre resistente en la defensa expresiva de su “yo individual” frente a las amenazas postmodernas de disolución personal en el “yo relacional” como indica Gergen mediante la supremacía de las “tecnologías de saturación social” fomentadas por el cambio tecnológico (aviones, teléfono móvil, televisión, correo electrónico, redes sociales, etc.), en el interior de las cuales “a medida que avanza la saturación social, (...) el yo de cada cual se embebe cada vez más del carácter de todos los otros, se coloniza”, conduciendo como resultado final a ese novedoso estado de multifrenia, esa “escisión del individuo en una multiplicidad de investiduras de su yo” [10]. Un proceso disolutivo que en palabras de Enric Novella tiende a “la anulación drástica de la categoría tradicional del yo y la identidad personal, y su sustitución por la “conciencia de la construcción”, esto es, la conciencia de que lo que somos es el resultado de cómo somos construidos socialmente” [11]. El paso, en definitiva, de la “vieja” institución del yo a la realidad de la relación, y el tránsito del yo individual al yo relacional, como nuevas amenazas postmodernas a la independencia y la pureza expresiva del yo stirneriano.


En cierto modo, podría decirse que las nuevas prácticas psi de direccionamiento social, las modernas inercias de control de la “sociedad de la transparencia” y la “hipervisibilidad personal” puestas en marcha por la “gubernamentalidad neoliberal”, así como las propias condiciones antiautoritarias y relativistas de la postmodernidad han creado la interesante paradoja de sujetos más dependientes del sistema pero a la vez también más autónomos. Esa paradoja de mayor dependencia pero también mayor autonomía que como apunta Helena Béjar ya abordaba Durkheim en su obra La división del trabajo social [12], cuando hacía notar los sugerentes efectos contradictorios del principio de especialización funcional que “hace a los hombres más dependientes de la sociedad pero amplía asimismo la esfera personal que los convierte en seres autónomos” [13]. Nuestro tiempo se ha convertido de esta manera en una “fábrica” de perfectos esclavos sofisticados pero al mismo tiempo se ha convertido también en una “fábrica” de personalidades ácratas y anarcoindividualistas. En nuestra época, un Stirner, un Armand, un Novatore, un Ryner expresarían sin ningún género de duda, “el viento de la historia sopla también a nuestro favor”. Aunque del mismo modo, percibirían que, en ese mismo clima paradójico, los principales obstáculos a estas favorables inercias de fondo son representados también —como en otros momentos políticos de la historia—, por la presencia débil en nuestro tiempo del “homo faber” y del “hombre de acción” siguiendo la terminología arendtiana [14], solapados por esa sobreexposición funcional del narcisista y lúdico “animal laborans” postmoderno. Sin embargo, en oposición a otros “animal laborans” que han sido instrumentalizados a lo largo de la historia para dar soporte al “sistema opresor” de turno mientras cumplían la labor de trabajar por el cumplimiento de sus necesidades biológicas, el “animal laborans” del actual tardocapitalismo es un sujeto alienado singular que es conminado a trabajar en la satisfacción positiva del ego. Esta disparidad histórica se antoja crucial a los intereses de cambio social libertario, puesto que sería suficiente para desencadenar una revolución anarcoindividualista operar sobre la evolución de grado desde la satisfacción de ese “ego alienado” a la satisfacción de un “ego libertario”, operar con habilidad sobre la evolución de grado desde la satisfacción del ego bajo las prácticas alienatorias capitalistas a la satisfacción del ego bajo las prácticas alternativas anticapitalistas. El sorpasso revolucionario, en suma, desde el actual “individualismo narcisista” a un “individualismo libertario”.


A estas circunstancias positivas en lo referente al “ego” —en tanto que centro de gravedad de celebración del tardocapitalismo—, se añaden también las particularidades del nuevo modelo de “trabajo” y “trabajador”, esa imperante necesidad contemporánea de hombres móviles, creativos e innovadores, esa dinámica de autorrealización personal resumida bajo la divisa del “empresario de sí mismo” como ingeniosa fórmula de “auto-explotación” neoliberal, esa valoración sistémica del crecimiento personal y la capacidad de reinventarse a sí mismo en cualquier instante vital, la celebración social del dinamismo y la transitoriedad, el estímulo constante de la imaginación y la innovación personal. Las claves de la alienación neoliberal son por tanto diferentes a las claves sufridas por otros sujetos alienados por un poder central omnímodo en otros contextos políticos como la polis griega o el estado feudal. El sujeto alienado en el capitalismo neoliberal se mueve en un inalterable estado de dinamismo, en una constante coexistencia contradictoria entre la omnipotencia y la impotencia, entre la autonomía y la dependencia, entre la expansión del yo y esas obligaciones rutinarias de las nuevas prácticas psi de dominio disciplinario del moderno panóptico digital basado en la “positividad” de la “exposición íntima” y la “expansión personal” en contra de la represiva “negatividad” disciplinaria orwelliana, tal como señala Byung-Chul Han al describir el “nuevo capitalismo” como una psicopolítica que incentiva la expansión “positiva” del yo y que ejerce el poder mediante la programación y la rentabilización de los procesos psicológicos inconscientes, mediante todas esas nuevas “técnicas de poder del capitalismo neoliberal que dan acceso a la esfera de la psique convirtiéndola en su mayor fuerza de producción”[15]. Cláusulas todas ellas en conjunto que sitúan otra vez al anarquismo, tanto en la espuela positiva como en la limitación negativa, a modo de coherente esperanza política de un individualismo que vire hacia la autonomía libertaria, aunque esa esperanza política sea cierto que sigue palpitando en precario obedeciendo acaso a su ineludible destino histórico a causa del “tapón sociológico” que genera la “servidumbre voluntaria” a toda “dominación” por parte de ese tipo de “hombre común” temeroso y gregario. Una esperanza que se instala así en medio de una permanente sospecha acerca de si la flexibilidad del tardocapitalismo acabará promoviendo o no en el suficiente número de sujetos un estímulo de “desborde” para experimentar una libertaria autonomía personal concretada en la intensificación sociológica del “homo faber” creador y del “hombre de acción” que domina su destino político, sobreponiéndose de este modo al influjo de esos violentos factores de alienación sistémica del particular “homo laborans” postmoderno constituido socioeconómicamente alrededor de la satisfacción psicológica de un yo narcisista y materialista.


El anarquismo contemporáneo debe por tanto explorar en primer lugar en el estudio y explotar posteriormente en la aplicación a su estrategia de cambio social todas estas características filoanarcas de la episteme del mundo contemporáneo, esa “aparición de nuevos patrones de relación interpersonal y de experiencia individual” [16], así como servirse en su argumentario de las propias revelaciones científicas de las ciencias modernas acerca de la mecánica autoorganizativa del caos que vuelven a establecer al anarquismo tradicional del individuo libertario en el primer plano de la historia. Estas condiciones filoanarcas —generadas por las exigencias de individualización en la sociedad de consumo y su entramado tecnoadministrativo de control informativo y estadístico—, se presentan así como un idóneo “caldo de cultivo” individualista donde se agazapa latente la oportunidad del advenimiento revolucionario de un anarcoindividualismo mutualista en la astuta manipulación libertaria de esa “necesidad sistémica” que se ha dado en llamar “autodeterminación” del individuo o “autorrealización” de la persona. Ese “facilitar” que el individuo pueda desarrollarse a sí misma como variable imperativa de la ingeniería tecnosocial tardocapitalista, ese propiciar como señala Rivero que el individuo pueda optar siempre a niveles cada vez más incrementados de “bienestar existencial completo” [17]. Tal como ha hecho notar por su parte Giddens, nuestra “modernidad reflexiva” ha puesto las (inevitables) heridas del sujeto en manos de una legión de expertos, pero también ha consagrado un yo más libre y menos hipotecado por la tradición. De acuerdo a ello, estas coordenadas impulsan la aparición de lo que Giddens denomina el “proyecto reflexivo del yo” [18], que obliga al individuo a interrogarse, explorarse, examinarse, “construirse” y narrarse sin cesar debido al súbito vacío de orientaciones predeterminadas y la necesidad de elegir en ámbitos donde anteriormente la vida ofrecía obligaciones prefijadas. En ese “clima de elección”, el individuo se ve impelido a la superación de su dependencia del Estado del Bienestar y convertirse en un “empresario de sí mismo”, esto es, en un sujeto activo y autónomo que se hace cargo de sus propios riesgos, cultiva el imperativo de la responsabilidad y se embarca en la búsqueda de la autorrealización y el crecimiento interior [19]. En definitiva, elementos dinamizadores indirectamente para la aparición como posibilidad y como incógnita en la episteme contemporánea de los valores libertarios de la bacteria anacoindividualista humana, la aparición del subversivo temperamento introspectivo de Hakim Bey, la emergencia social de la posibilidad rupturista del pirata medieval de la isla de la Tortuga, la tentación de la cotidiana noche de anarquía de D'Anunzzio en Fiume.


Como indica por su parte Manuel Castells, quizá sea cierto asimismo que “el anarquismo se adelantó a su tiempo” [20], y es ahora que la historia le favorece en la especificidad individualista y relativista de la contemporaneidad y, sobre todo, en el avance de la revolución tecnológica informacional a modo de requisito de una sociedad informada y conectada de una forma autónoma del Estado, esa independencia libertaria digital del sujeto contemporáneo que tanto intranquiliza a los poderes contrarios a todo anti-igualitarismo como amenaza para el sistema de clases y el gobierno aristócrata de la burguesía liberal. Sin embargo, las modernas prácticas psi de la domeñación económica neoliberal ha terminado por abrir la posibilidad de un virtuosismo emancipatorio alrededor de esa necesidad económica del “valor de exposición” individual, la liberalización del yo y la disolución social de los espacios entre lo público y lo privado. Esta contradictoria dimensión digital del ser humano se presenta como “virtud de cambio”, como una determinante plataforma de “representatividad” para el individuo para explorar su “autonomía política”, potencia que el sujeto contemporáneo debe aprovechar de forma libertaria maximizando todas las oportunidades que ha provocado ese imparable avance de desorden forjado por la revolución burguesa global —tal como ha apuntado el sociólogo alemán Ulrich Beck [21]—, colapsando las comunidades tradicionales, socavando las bases del Estado-nación sobre el que se estructuraba políticamente a modo de huésped y abriendo al mismo tiempo al individuo nuevos espacios de encuentro y sociabilidad. A pesar de la desconfianza y las críticas pesimistas que establecen a este respecto Byung-Chul Han [22] y Sloterdijk [23] sobre la falta de comunicación efectiva entre los individuos en el “espacio digital”, en la evolución ácrata y sin interferencias del “enjambre” y la “espuma” digital se encuentra sin lugar a dudas el decisivo germen y la esperanza más sólida sobre el despertar de un nuevo individuo libertario que proyectará finalmente como residuo consustancial un magma social diferente. Un mundo nuevo que como sentencia Taylor deje de estar dominado por el cálculo utilitarista, los valores comerciales y la burocratización de la existencia, un mundo en el que siempre haya sitio “para el heroísmo, los propósitos elevados de vida o las cosas dignas de morir por ellas” [24]. Las tensiones políticas que marcan todo nuestro tiempo se fijan precisamente en relación directa con la emergencia del “protosujeto libertario” digital cuya “voz política” se traduce en una “acción política” autónoma y cuyos primeros efectos ya comienzan a dejarse sentir sobre el curso de la biopolítica, la oposición antinómica entre globalización económica y soberanía política nacional, los territorios de contradicción entre despótica dominación burguesa global y creciente libertad individual cosmopolita, tensiones bifurcatorias que de acuerdo a Manuel Castells [25] ha ido convirtiendo a la economía en más global y dejando al Estado en la caducidad de lo nacional, mientras entre ambos la sociedad ha quedado huérfana atrincherándose cada vez más en lo local y en una colección de individuos, cada uno con sus propias ansiedades y proyectos, con una creciente indiferencia hacia los políticos, aunque no hacia la política. De modo que mientras los grandes poderes se definen en una compleja relación entre la globalización y los estados-nación, la supervivencia y la resistencia a lo que no va surge desde lo individual y lo local. O sea, los materiales con los que se construyó la idiosincrasia anarquista.




Guerau K. Blissett
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Bibliografía


[1] Martin S. Thomas. “Steps toward a Post-Western Anarchism”, in The Best of Social Anarchism, Howard J. Ehrlich and a.h.s. boy (eds.). Tucson: See Sharp Press, 2013, pp. 77-91.

[2] Tomás Ibáñez. Anarquismo es movimiento. Anarquismo, neoanarquismo y postanarquismo. Barcelona: Virus editorial, 2014.

[3] Han Ryner, Petit manuel individualiste. París: Allia, 2010.

[4] Blanca Muñoz. Modelos culturales: teoría sociopolítica de la cultura. Barcelona: Anthropos Editorial, 2005

[5] Richard Sennet, La corrosión del carácter. Barcelona: Anagrama, 2000.

[6] Vincent Caradec y Danilo Martuccelli, Matériaux pour une sociologie de l'individu. Perspectives et débats. Lille: Septentrion, 2005.

[7] Eduardo Castañeda H. y Myriam Vidriales, “Manuel Castells: alma de hacker y anarquista catalán” [online]. Disponible en: http://www.saladeprensa.org/art234.htm

[8] Roy R. Grinker et al, The Borderline Syndrome. New York: Basic Books, 1968.

[9] Nahman Armony, “Borderline, identificação e subjetividade pós-moderna” [online]. Disponible en: http://www.saude.inf.br/nahman/borderlineidentificacao.pdf

[10] Kenneth J. Gergen, El yo saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Barcelona: Paidós, 1992.

[11] Enric J. Novella, “Identidades inestables: el síndrome borderline y la condición postmoderna”. Revista Latinoamericana de Psicopatologia Fundamental, vol. 18, nº 1, pp. 118-138, 2015.

[12] Émile Durkheim, La división del trabajo social. Madrid: Akal, 1987.

[13] Helena Béjar, “Autonomía y dependencia: la tensión de la intimidad”. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, nº 37, pp. 69-90, 1987.

[14] Hannah Arendt, La condición Humana. Barcelona: Paidós. 1993.

[15] Byung-Chul Han Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Madrid: Herder Editorial, 2014.

[16] Anthony Giddens, Modernity and Self-Identity: Self and Society in the Late Modern Age. Stanford: Stanford University Press, 1991.

[17] Isabel García Romero, Ciencias "psi", subjetividad y gobierno. Una aproximación genealógica a la producción de subjetividades "psi" en la modernidad. Tesis doctoral. Universitat Autónoma de Barcelona, 2005.

[18] Anthony Giddens, op. cit., [en línea].

[19] Nikolas Rose, Governing the soul: the shaping of the private self. Londres: Routledge, 1990.

[20] Gustavo Abad, “El periodismo olvidado: las instituciones mediáticas ante la rebelión de las audiencias” [online]. Disponible en: http://www.flacsoandes.org/comunicacion/aaa/imagenes/publicaciones/pub_151.pdf

[21] Ulrich Beck, What is globalization? Cambridge: Polity Press, 1999.

[22] Byung-Chul Han, En el enjambre. Barcelona: Herder, 2014.

[23] Peter Sloterdijk, Esferas III, Espumas. Madrid: Editorial Siruela, 2005.

[24] Charles Taylor, Fuentes del Yo. La construcción de la identidad moderna. Barcelona: Paidós. 1996.

[25] Manuel Castells, “Neoanarquismo” [online]. Disponible en: http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2005/05/21/pagina-26/39776554/pdf.html