samedi 12 mars 2016

¿A quién coño le importa dónde está Australia?






con sentido afecto y admiración,
al Pequeño Nicolás,
inolvidable Lazarillo de Tormes postmoderno





Oiga, escúcheme bien, sí, usted, usted, el que tiene cara de memo, sí, usted, mire, escúcheme bien una cosa, sepa usted que a mí también me importa una gran mierda dónde esté metida Australia, qué digo una gran mierda, me importa tropecientas mil mierdas juntas dónde carajo esté situada Australia en el puto mapa de los cojones, cómo si no está oiga, o como si se va de picos pardos a Punta Cana o a la Riviera Maya, o como si se le da un aire de repente, a mí plin, oiga, por mí ya le digo que se puede hundir mañana mismo en el fondo del jodido océano, el que sea, el que le toque más cerca. Usted se cree que yo he llegado hasta dónde estoy necesitando conocer dónde coño está Australia. Perdóneme usted, pero en el mejor de los casos, si usted cree eso, es usted un pobre descerebrado, moderando todo lo que puedo el lenguaje. Para alcanzar el triunfo social, escúcheme bien pedazo de imbécil, uno no necesita saber nada de Australia ni de nada que se le parezca. En realidad, si me apura usted mucho, le diré que para alcanzar el éxito social uno no necesita saber nada de casi nada. Escúcheme bien, nada de nada, nasty de plasty, cero patatero, el conocimiento es sólo una puta ilusión y un vicio para pobres idealistas e intelectuales de tercera. La filosofía es un cadáver en una cuneta que ya no mean ni los perros. Aquello que de verdad es necesario, escúcheme usted bien, es el dominio del ardid, del entorno, de la coyuntura, la retórica diplomática, la capacidad de traicionar si las circunstancias lo requieren, el corazón siempre frío. La inteligencia emocional es la única potencia eficiente, la inteligencia clásica no es precisa e incluso puede ser un maldito lastre, además todo ese trabajo ya lo ejercen otros, y hay que saber beneficiarse de las oportunidades que estos abren, como los buenos pescadores se aprovechan de las mareas. Sabe usted el consejo que me dio una vez cierto famosete casado con la hija de un banquero, “para triunfar en la vida, como en el golf, es necesario no precipitarse en los golpes y saber meterla en el agujero a la primera”. Pues eso hombre, tome buena nota, que son todos ustedes una pandilla de subnormales, hay que saber leer la jugada, todo lo demás se compra o se alquila según convenga, y después a esperar que el agujero se ponga a tiro. Usted se cree hombre de Dios, que uno llega a alternar con ministros o a tener putas de reyes en las rodillas sabiendo si Ian Fleming es un famoso escritor o el ala-pívot de los Cavaliers. No hombre, no, menos mal que en el fondo son todos ustedes unos putos botarates, una caterva de subnormales que se conforman con las migajas del pastel, con las sobras de la bacanal, y el nivel medio de sus ambiciones se sacia con la cervecita diaria en el barecito de turno, el partido de fútbol semanal y la puta barata del este de tanto en tanto en el puticlub de las afueras lejos de miradas inquisitoriales. El “hombre común”, por fortuna, nunca ha tenido alma ni para la épica ni para las grandes intrigas salvo cuando la proa del barco ya se ha hundido y los músicos han dejado de tocar la melodía narcótica, nunca ha tenido el más mínimo paladar para anhelar refinamientos ni para distinguir ambrosías de sucedáneos, su destino siempre fue soñar el olimpo pero no morarlo. En su poco arrojo y timidez gregaria se encuentran los cimientos de nuestra gloria, de nuestra fiesta perpetua en clase business en la que como en el imperio de Felipe II nunca se pone el sol. Por eso le vuelvo a repetir una vez más por si no le ha quedado bastante claro, francamente, puto gilipollas, me importa una grandísima mierda dónde coño esté metida Australia. Que les den por el culo a todos los australianos y a todos sus putos canguros.





Biel Rothaar

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