mardi 9 février 2016

LA «REVOLUCIÓN RUSA» ESPAÑOLA








dedicado al compañero Oberyn Ryner,
quien a lo largo de conversaciones sobre el tema
se convirtió en decisivo coautor de este texto.





Después de dos semanas haciendo trabajar duro las reales posaderas de su majestad, finalmente el humo en la chimenea de la Zarzuela salió blanco y por fin pudimos exclamar, habemus candidatus! En el balcón papal del Congreso apareció pocos minutos después el candidato Sánchez a recibir los honores públicos de su investidura, con esa eterna media sonrisa a lo Cary Grant que siempre encandiló a la clase media estadounidense, y siempre parece invitar peligrosamente a una última copa. Aunque como pudo comprobar enseguida el feliz candidato Sánchez en la rueda de prensa posterior, el horizonte inmediato no se presta para seducciones de galán nocturno y en el curso del próximo mes el minibar parece incluso que estará clausurado esperando días más tranquilos. Estas próximas semanas, donde Pedro Sánchez peleará por investirse como el kabalístico séptimo presidente de la democracia española post-franquista, se auguran más bien como un pugilato duro tanto en campo contrario como en campo propio, y en un contexto político que no habrá pasado desapercibido a muchos recrea suficientes de las variables del dibujo de la partida de ajedrez histórica vivida en Rusia a principios del siglo XX como para que nos permitamos la licencia de bautizar a este febrero español como ese de la «Revolución Rusa» española, aunque ésta desemboque probablemente en resultados revolucionarios bien diferentes. Semanas por tanto para enseñorear más bien los atributos del temperamento, y no del encanto personal.

La teoría de Sidanius de la “Orientación a la Dominancia Social” nos introduce en cierta tendencia a la organización social mediante una lucha constante entre distintos grupos, siempre en pugna por mantener o ampliar su poder en relación con el resto de grupos sociales. Examinando las tensiones de poder del tablero español, no podemos evitar, en efecto, la experimentación de un cierto déjà vu recordando el contexto en pugna en los días de la Revolución Rusa. Hoy como ayer, un poder omnímodo se desmorona, la mayoría parlamentaria del Partido Popular y el proyecto ideológico neoliberal con fuertes alianzas europeas, tal como entonces se desmoronaba el régimen absolutista zarista a pesar del amparo de las mismas alianzas en el viejo continente en forma de los restos del absolutismo monárquico medieval fagocitados por los emergentes estados capitalistas burgueses con idéntico paradigma despótico. Ante este escenario de derrumbe, diversas fuerzas revolucionarias se oponen en el tablero, en cuyo centro, la sonrisa del destino ha puesto al apolíneo candidato Sánchez, como si el destino quisiera resarcir del fracaso histórico a la moderación menchevique frente a la radicalidad bolchevique.

Las amenazas principales a la coronación del candidato Sánchez son sin embargo hoy como ayer en primer lugar esa misma moderación revolucionaria menchevique, ese discurso tibio que pretende la imposible cuadratura del círculo que concilie los intereses revolucionarios de la burguesía con los intereses revolucionarios del proletariado. La imposible práctica revolucionaria transversal que como demostraron los gobiernos felipistas siempre termina en un fortalecimiento del modelo social burgués, instalando el discurso social en un ficticio estado de revolución retórica permanente sin traslación nunca a una revolución de hechos, como si la “revolución” necesitase convertirse en una inalcanzable llama eterna para precisamente no dejar de arder, como si su verdadero sentido sólo cobrase auténtico significado en el territorio del mito y no de la realidad. La “revolución” totemizada finalmente en una fe sin credo, como uno de esos fraudulentos tubos de neón al pie de la carretera que siempre prometen chicas hermosas al cabo de unos kilómetros de ruta.

Por otra parte, las amenazas para el candidato Sánchez vendrán también hoy como ayer, en la tradición cainita de la izquierda, por el lado progresista revolucionario. Es posible que manifestándose incluso bajo las mismas trabas que sufrió en su ambición hegemónica el movimiento menchevique de Mártov, verdadera fuente histórica de toda la socialdemocracia europea. Las mismas maniobras de acoso y descrédito revolucionario que los bolcheviques-podemitas ejercieron sobre la facción menchevique, y que hicieron perder gradualmente a estos su poder de representación popular hasta conseguir su implosión o disolución en las propias filas bolcheviques. La administración de estas estrategias, no obstante, no encontrará un buen acomodo en el referente bolchevique sino más bien tal como sucedió durante el mayo del 68 francés en el aporte característico de las idiosincrasias particulares de una élite profesoral, sustituyendo en este caso el toque Sorbona y el toque Nanterre por el toque Complutense. Rasgos de planificación académica de la revolución percibidos desde su primer impulso organizativo, desde la infiltración y apoderamiento del magma social de las plazas del 15M, así como en la estructuralización posterior del movimiento de cambio social al organizar los circulos podemitas a modo de soviets soberanos pero siempre jerarquizados a una élite catedralicia, evitando los envites contestarios de base como en el caso del soviet de Petrogrado. En este sentido, el reciente órdago de Podemos al PSOE obligándolo a elegir entre revolución o statu quo se enmarca en esas virtudes de metodología y planificación académica, donde cada movimiento no es casual sino causal. El candidato Sánchez se ha encontrado así en esta rigurosa academización de la revolución y eficiente estrategia agonística ante un ataque a algunas de las principales flaquezas de la corriente menchevique, la vaguedad y la ambigüedad, que fía por costumbre la acción política a la alianza y el pacto pragmatista. El reciente desafío podemita de negociación excluyente supone en esa línea el segundo jaque táctico —tras la oferta pública de gobierno cuasiparitario conforme a la ecuación electoral—, con vistas sin duda a debilitar a los socialistas-mencheviques en unas próximas elecciones electorales visualizándolos como responsables del fracaso del cambio social por su tradicional desapasionamiento revolucionario, eternos cautivos de la subyugación a las complicidades burguesas y a un electorado progresista en lo teórico y conservador en la práctica que en la hora decisiva ante libertad revolucionaria y seguridad personal siempre escoge la segunda antes que la primera.

Estos órdagos bolchevique-podemitas vienen a arruinar de este modo el buen inicio de luna de miel revolucionaria con las fuerzas de progreso que le había ofrecido el dúo Garzón-Lara, aunque como ya sucediera en los días de la Revolución Rusa la posición minoritaria de los eserristas del PSR, defensores y voz sobre todo de los intereses del campesinado, siempre fue de mano tendida y dialogante conocedores de que su margen de maniobra tampoco habilitaba la exploración de otras opciones como en el caso bolchevique, y escarmentados de "pinzas" con fuerzas conservadoras como en la fracasada alianza con las fuerzas burguesas durante la revolución de febrero de 1917. La virtud menchevique que enarbola el PSOE —esa bisagra armonizadora de los intereses del proletariado y la burguesía—, es al mismo tiempo su talón de Aquiles donde unos y otros apuntan sus flechas mortales. Desde el bando de izquierdas desautorizando su compromiso revolucionario señalando sus connivencias con las fuerzas conservadoras; y desde el bando de la derecha cuestionando su rigor por sus devaneos con las posiciones revolucionarias. En este sentido, queda simplemente la incógnita de conocer quién será más eficaz en esa crítica desde las filas del bando conservador de la guardia blanca pro-sistema, si los rudos viejos oficiales zaristas del PP, o si los jóvenes kadetes liberales favorables a la reforma interna palaciega.

En resumidas cuentas, dentro siempre del antileninismo de base de Mártov, el candidato Sánchez parece abocado igualmente a elegir en última instancia entre las diferentes posturas mencheviques que defendió el propio Mártov, entre el mantenimiento de una revolución burguesa con sensibilidad obrera o la defensa de un gobierno revolucionario de coalición entre partidos socialistas como en las negociaciones Vikzhel. O incluso —traicionando la postura final martovista y recuperando el protagonismo revolucionario de la facción menchevique anterior a la revolución fracasada de 1905—, inventar un nuevo Mártov dando apoyo y aliándose con algunas de las fuerzas contrarrevolucionarias reformistas —acaso los kadetes liberales de Rivera—, intentando reconducir el fracaso histórico de la revolución de febrero de 1917 del gobierno de coalición entre socialistas y liberales, ensayando que el individualismo asocial y el individualismo social, instituidos como dos caras de una sola moneda, pueden conformar en la tensión y dinámica anárquica del liberalismo libertario y el mutualismo socialista una viable cinética social como alternativa al bolcheviquismo estalinista. Además, el afortunado candidato Sánchez, como en las horas revolucionarias post-zaristas, encontrará también la complejidad del obstáculo de las tensiones territoriales internas. Tal como entonces se amotinó la burguesía liberal ucraniana, en oposición histórica al poder jacobino moscovita, el candidato Sánchez habrá de gestionar el desafío de la burguesía catalana levantada en armas por enésima vez contra el poder jacobino madrileño, y concretar la posición federal del PSOE entre la tradicional autodeterminación bolchevique de Podemos y el centralismo de los kadetes liberales de Ciudadanos. En la gestión de todos estos diversos tira y afloja demostrará el candidato Sánchez la dimensión real de su talla política, el buen o mal tino de la sonrisa de la diosa Fortuna.








De acuerdo a la misma noción de repetición de la Historia encontrada en Hegel, ya nos anunciaba Marx que la historia se repite “primero como tragedia, y luego como farsa”. El relato de la política española siempre fue sensible también a la repetición y a la farsa, variando únicamente en función de los actores nacionales protagonistas, como sucede también con las reinterpretaciones modernas de las óperas clásicas. Sólo nos queda pues asistir a las reincidencias, a la citación de los pormenores del relato de esta «Revolución Rusa» española, esta salmodia que tal como nos decía Macbeth a propósito de la vida “es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia".

Sólo nos queda distinguir efectivamente las características de las respectivas farsas, la farsa de lo que acaso será llamado una vez más “revolución proletaria”, cuando la clase obrera ya no existe más que como fantasía residual para legitimar la continuidad del aparato sindical, en esta época en la que el proletariado movilizado de los soviets y el aguerrido proletariado de las huelgas salvajes de Gramsci se ha transformado en el lumpenproletariado de Marcuse y la clase media alienada. La clase proletaria moderna dentro del nuevo capitalismo ‘flexible’, como describe el sociólogo alemán Ulrich Beck, mediante la imposición de la temporalidad, la movilidad y la precariedad laboral se ve abocada a una disolución de su cohesión social como grupo bajo la condición de esa identidad profesional frágil (Beck, 2000). Esa fragmentación de la conciencia de clase conduce así al sujeto proletario hacia su desconstitución en el dócil y desclasado magma social de la voluble clase media donde su sentimiento de clase se disuelve finalmente en el individualismo asocial del capitalismo liberal y en la fantasía pequeñoburguesa de triunfo a través de la tensión de la ecuación lacaniana vivida en esa experimentación del “goce” y la “falta de goce” fruto de las recompensas y frustraciones aportados por el consumismo y el tecnoconfort. Los últimos afanes revolucionarios del proletariado moderno yacen cautivos en último término en las relaciones de dependencia del sistema de Bienestar, manipulado por el actual régimen zarista burgués como paradójico instrumento de coacción y dominación, aunque en la lucha dialéctica se haya ya instalado como “progreso social”, lejano el tiempo en el que como indica Félix Ovejero “la izquierda lejos del poder lo despreciaba y, a todos los efectos, le atribuía las tareas narcóticas que clásicamente asignaba a la religión”, criticando abiertamente que el “Estado de bienestar no cumplía otra función que la de apaciguar y escamotear los conflictos de clase y, por ese camino, preservar el capitalismo”, instrumento político en definitiva para “mantener la armonía social”, usando la expresión que popularizó James O’Connor.

Sólo nos queda, en efecto, conocer todos los pormenores de la farsa. Distinguir la farsa del trasfondo instrumental de la utopía revolucionaria de enganche, ese mecanismo de estimulación revolucionaria que en su momento en 1917 era la revolución agraria y la socialización/nacionalización de las tierras y en nuestros días se presenta como la defensa de las políticas públicas de bienestar. Distinguir la farsa argumental para enmascarar el típico oportunismo y falta de espíritu revolucionario menchevique que ya en su momento había criticado con dureza Trotski a propósito de la postura política de Mártov. Distinguir los rasgos de la farsa argumental de los actuales aliados pro-zaristas, entonces como hoy apoyando a la guardia blanca con todo tipo de retóricas discursivas que en el fondo siempre encubren el patrón común de defensa cómplice del absolutismo de un poder despótico, otrora la autocracia monárquica zarista y ora el capitalismo neoliberal burgués. Distinguir la farsa que unos y otros emplearán para interpretar la inevitable escisión trotskista o revisionista en las filas bolcheviques por parte de alguna/s personalidad/es díscola/s disconforme/s con la praxis revolucionaria, quizá algún grupo con intereses territoriales o acaso alguna alcadesa madrileña o barcelonesa con la suficiente rebeldía personal para desafiar al aparato, algunos de esos elementos irreductibles por el látigo burocrático de los barbudos o barbilampiños “teóricos de la revolución” porque estos elementos disidentes siempre conciben la revolución más que como una obediencia ideológica como una obediencia a sí mismos.

Sólo nos queda asistir por tanto a todos esos pormenores de la farsa, a todas esas particularidades de la comedia política en la que como siempre los únicos que mantendrán sus rostros sin pintar serán las tropas anarcocolectivistas de Makhno y las tropas anarcomutualistas de Proudhon. Por lo demás, sólo nos queda, en verdad, descodificar todas las máscaras retóricas usadas, tan pertinentes en este febrero igualmente revolucionario, en este mes de carnaval, en este tiempo excepcional en el que los hombres se creen dioses y dan respiración a sus monstruos.







Biel Rothaar

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