mardi 8 septembre 2015

Carta a un viejo compañero anarcoindividualista del 15-M





a todos esos que han instrumentalizado en su provecho
 y han traicionado el espíritu de liberación y autonomía del individuo
que un día fue la consigna viva de las plazas,
y que hoy ya sólo languidece como otro graffiti sucio e inerte






No te faltaba razón compañero, lo viste venir bien mientras aún deambulábamos dubitativos por las plazas revolucionarias. Dijiste, todo esto que vemos ahora no es en verdad más que un espejismo de revolución, dentro de no mucho tiempo no quedará más que el sabor agridulce de lo que pensábamos que era, y que no era una vez más, víctimas siempre de la esperanza remanente de que algún día nos sorprenderá el gran cambio, la gran revolución libertaria del individuo. Pero tú lo viste claro, lo viste claro enseguida, decías, fíjate, allí tienes al grupo de los pensionistas enfurecidos porque a los pobrecillos les estafaron los bancos los pocos ahorros que tenían en las preferentes (ese timo de la estampita moderno diseñado por sinvergüenzas para timar a ingenuos, ignorantes, incautos y codiciosos). Esos pobres ancianos que engrosan por otro lado el número del grupo de los “revolucionarios del bolsillo”, todo esos que en cuanto le solucionen su papeleta y arreglen su bolsillo serán los primeros en levantar el campamento de la plaza y también en las intenciones de voto de las encuestas electorales, porque nunca han estado en contra del sistema, siempre han sido buenos contribuyentes del sistema y de su lógica de acontecimientos, lo que pasa es que el sistema desalmado les dejó tirados a los pobrecillos. Pero su posición revolucionaria no era un divorcio real, era sólo un calentón, una estrategia de negociación, un par de noches en el sofá antes de volver al lecho caliente del sistema a renovar la pasión capitalista y la experimentación del "goce" y la "falta-de-goce" lacaniana en su dialéctica materialista de poseedores-poseídos, meros ceses temporales de la convivencia. Y por allí andan a lo suyo los anarcocolectivistas y todos los variopintos subproductos de las ruinas del marxismo comiendo la oreja de los que ya han perdido la fe en todo, intentando venderles el tren y la fe del colectivismo, buscando seguramente voluntarios para ensayar alguna comuna en alguno de los muchos edificios desocupados por la crisis, para después venir a darnos la correspondiente charla teórico-práctica sobre las virtudes y potencias superiores del colectivismo y la motricidad socialista, tomando como rehenes-cobayas a aquellos que han perdido toda capacidad de decisión, ni tienen más conciencia política comunista o libertaria que la de alimentar sus estómagos vacíos, y a quienes sin duda Makhno suena a marca de ciclomotor o a dios aborigen australiano. Y allá, entre los árboles, escucha, el jolgorio de las amas de casa y las porteras que por primera vez han cortado y pintado una pancarta, esas amas de casa que sobreviven con la pensión de la madre, representando a esas familias que no es que no lleguen a fin de mes, es que ni tan siquiera dan inicio al mes. Esa presencia que representa a una parte del numeroso grupo de la oclos enardecida, el hombre gregario y dependiente que va bailando en la Historia entre oclócratas y oligarcas según convenga a su esfera personal, sujeto reactivo ajeno a todo debate intelectual, a toda profundización ideológica, partidario del cortoplacismo y el pragmatismo de ocasión, cómodos defensores del parche y la tirita antes de la higiénica amputación estructural, no les hables de empoderamiento y autonomía del individuo, de sustitución del paradigma delegatorio del sufragio cuatrienal por el paradigma antidelegatorio del ciudadano-político, de la sustitución del paradigma de competencia capitalista por el paradigma de cooperación mutualista porque creerán que les hablas en un idioma extranjero, y por supuesto no esperes de ellos más réplica que reclamaciones de guillotinas y de qué van a comer al día siguiente y a dónde se van a ir de vacaciones el próximo agosto, obstáculos también de una verdadera revolución libertaria del individuo, simples demandantes de supervivencias no de vivencias, expoleados y animados únicamente por el odio de clase y el resentimiento hacia el enemigo en la lógica reactiva y la incapacidad de creación personal del hombre débil nietzscheano, deseosos de matar al amo pero al mismo tiempo entregándose con sumisión a la nueva doctrina del nuevo amo opositor al trono político, incapaces de superar la dialéctica encadenante de toda moral amo-esclavo, esclavos de su dependencia gregaria, de su nula capacidad de autoproducción y autonomía individual, cómodo estratega de los réditos parasitarios y simbióticos obtenidos de la esclavitud voluntaria hobbesiana al amo de turno, intercambiando sin dudar como en los días más feroces del feudalismo su libertad individual por su subsistencia personal, la supremacía de la supervivencia frente a la plena experimentación vitalista del “ser”. Y allí en aquel lado de la plaza tienes a los apesadumbrados obreros que en el pasado eran el orgulloso y valiente proletariado revolucionario de Gramsci y que el discurrir histórico del capitalismo ha reetiquetado como depresivo y errático lumpenproletariado, esa variable expulsada del sistema de producción tardocapitalista, el obrero prescindible que ya no trabajará con regularidad porque las fábricas se robotizan y ya ni van quedando minas de Tracia donde prestar como esclavos la fuerza física bruta. Ahí les tienes enseñando los dientes, mascullando al mismo ritmo que su tabaco de mascar toda la rabia acumulada, apreciándose aún los restos del eco de su grito sordo el día que descubrieron la ausencia de puerta de escape en el fondo del peor nihilismo, sabedores de su reconversión en ese nuevo sujeto revolucionario que identificaba Marcuse como sustituto revolucionario del viejo proletariado industrial marxista disuelto por su parte en la aletargada clase media anestesiada en la sociedad consumista y el tecnoconfort contemporáneo. El depresivo lumpenproletariado marcusiano intentando estar a la altura revolucionaria, cumplir las expectativas depositadas, aunque en el fondo conocedores igualmente que el marxismo es un luto ideológico, que ya no existe ningún sujeto revolucionario libertador en la era de la disolución metafísica del sujeto y la identidad múltiple postmoderna, que su razón de ser es convertirse en esa fuerza de choque instrumentalizada por la burguesía liberal para ejercer presión y desmovilizar al proletariado y la lógica revolucionaria sindical, como un ejército en la reserva de mano de obra barata siempre dispuesto con la cabeza gacha y el culo bien dilatado para optar a superar su desclasamiento en cualquier nueva resituación social que permita superar el vale de comida de la cruz roja y el paquetito de Cáritas, y que alguna vez permita incluso un fin de semana alquilarse alguna mísera habitación en algún hotelito de dos estrechas sin aire acondicionado ni agua caliente, pero desde donde mirar desde la terraza las vistas a la sierra nevada autoengañándose un poco diciéndose que algún día disfrutarán ellos también de un apartamento en la sierra, autoengañándose con esas sonrisas de cartón piedra y ese virtuosismo de los que están acostumbrados a veces en la vida a darse oxigeno para seguir adelante a través del autoengaño, como es costumbre en todos esos que viven arrinconados en una esquina de la Historia sobreviviendo únicamente en la rabiosa esperanza que algún día sucederá el gran cambio que les hará libres, y mientras ese día no llega ir fiándolo todo a la providencia o a un billete de lotería comprado en el último instante para ver si el azar resuelve el desorden, y entretanto ir haciendo alguna chapuza en negro para ir tirando a la espera de cualquier esporádico contrato temporal para hacer de currito en lo que se presente y ordene la agencia de empleo, y no olvidarse de la velita a San Lázaro y a San Atonio de Padua e ir rezando también de vez en cuando para que la pensión que quede sea suficiente al menos para las medicinas, las cañitas y el tabaco en el bar de la esquina, hasta que el colesterol, o la diabetes o un puto cáncer de pulmón abran finalmente el ataúd y manden a otro desgraciado a criar malvas. Y luego ahí tienes a los Cohn-Bendit, los nuestros, los jóvenes con talento, con capacidad individual, con capacidad de organización y cooperación, fíjate lo que han sido capaces de organizar en pocos días, los jóvenes titanes en edad de probar su heroísmo social y su naturaleza ácrata, los jóvenes contemporáneos empujados por la era tecnológica a una esperanzadora deriva anarcoindividualista, aunque muchos de ellos como decía Armand se ignoren a sí mimos como anarcoindividualistas. Algunos de ellos sin duda como el propio Cohn-Bendit serán seducidos por las eudemonías del sistema, por sus regalías, por sus sinecuras, algunos aceptarán algunas de esas tentaciones de San Antonio excusando el viraje y la súbita traición a los principios en la defensa de una estrategia de largo recorrido, en el discurso de la quinta columna y la voladura desde dentro, y nosotros pondremos nuestra mejor cara y seremos comprensivos. Y después de entre todos esos Cohn-Bendits quedarán sólo un grupo de irreductibles a todo canto de sirena, a toda tentación de ser reducido a través del talón de Aquiles humano del ego y la vanidad, esos que como nosotros siempre acabarán regresando una y otra vez a los entresijos de estas plazas revolucionarias demasiado resabiados, incapaces de mirarlo todo sin esbozar una cierta sonrisa como una película clásica que ya te sabes de memoria, sólo esperando con atención a la posibilidad de la disrupción salvadora del salto cuántico, del canto del cisne negro talebiano, la mecha que prenda distinta y materialice por fin el gran cambio. Pero no sucederá esta vez, dentro de no mucho tiempo aparecerán personalidades políticas oportunistas que dominen bien las magnitudes y los secretos de la “infiltración política”, alguien de algún partido anticapitalista sin demasiado aforo soltando el anzuelo entre la masa revolucionada, o tal vez la aparición académica de un grupo de profesores universitarios progresistas tomando las calles como directores de orquesta como en el caso del mayo del 68 francés, sustituyendo la Sorbona por la Autónoma de Barcelona o la Complutense de Madrid. El músculo académico ordenando el discurso y la estrategia, dando empaque y rigor academicista a la compleja marabunta revolucionaria, aunque en un primer instante camuflándose por exceso como el primer defensor y valedor del discurso y las consignas identificativas del movimiento, convertirse en el primer abogado de la defensa de la autonomía del individuo y la superación de la vieja y corrompible política parlamentaria partidista, antes de empezar a manipularlo todo según sus propias consignas y estrategias personales, el “toque Nanterre” o el “toque Sorbona”, aunque de primeras no, primero sumarse como uno más, amenazar incluso con un proceso constituyente político para dejar claro el ímpetu revolucionario, dejar bien claro que van a venir dobladas y que el cielo se toma siempre por asalto, darle ambientillo de sarao belicista para mantener excitados a los del cóctel molotov, amenazar incluso a la patronal con nacionalizarlo todo para acojonar a las élites capitalistas y darle sello de oficialidad a la revolución antisistema, aunque luego en privado se empiecen a tejer con discreción futuras alianzas para ir adelantando faena, el sondeo de pactos de no agresión mutua para que no pase otra vez lo de la violenta genuflexión pública de Tsipras en Bruselas, acabar reeditando al milímetro aquel chiste del paciente y el dentista de no hacerse mucho daño apretándose mutuamente los cojones, “¿verdad que no nos vamos hacer daño doctor?”, verdad, verdad, aunque disimular siempre de puertas para afuera para evitar la desmovilización, mantener las inflexiones teóricas del primer discurso, apropiarse con cuidado de las consignas y la simbología de las plazas, tratar de retrasar lo máximo posible las inevitables disidencias de esos incorruptibles que no están nunca dispuestos a aceptar gato por liebre, y mientras tanto desde la cúpula infiltrada ir como el cuco poniendo los huevos propios y desalojando los ajenos, dejando pasar con paciencia el tiempo, aguardando que la masa revolucionaria sin más expectativa que el cambio a cualquier precio dé suficiente consistencia y número a la nueva forma revolucionaria, e insistir siempre como un mantra que nada ha cambiado en el espíritu de aquellas bulliciosas plazas, que nada ha sido cambiado en el espíritu revolucionario del 15-M con esa ética flexible que todo profesorado de ciencias políticas está acostumbrado a manejar en sus aulas saltando de la piel de Trotsky, a la piel de Lenin y a la piel de Bakunin según convenga a la coyuntura y a las necesidades del discurso. Y mientras, dejar que el virus de la política tradicional vaya trabajando de manera soterrada, de manera incansable, a su ritmo de parsimonioso gusano, horadando la vieja cimentación revolucionaria, gangrenando los principios puros de la revolución libertaria del individuo en una novedosa forma descamisada de realizar la política tradicional de siempre con un aire y un matiz que parezca nuevo en la manera en que semejaba nuevo el primer socialismo de Mitterrand, aunque en el fondo reproduzca la misma dinámica de escupitajo en sede parlamentaria y mamada/cunnilingus en los pasillos. Y en ese punto empezarán a llegar las sonoras disidencias y los sonoros portazos, y habrá que subir el volumen de la música para que en el guateque interior todo parezca un trueno en el exterior, venderlas como proceso de normalidad en una organización política que aúna muchas personalidades políticas vivas, convertir en virtud la disensión, seguir incluso extendiendo la mano a los disidentes para mostrar talante, y al mismo tiempo ir preparando ya los procesos de fagocitación de otras fuerzas políticas afines para aclarar el paisaje político, aprovechando esa fuerza que da tener al pueblo a favor y que siempre da derecho natural a jugar con blancas, y a la par que se va ocultando con discreción el comienzo de la estalinización orgánica, el armado burocrático de la verdad hecha a medida, el comienzo del secuestro piramidal de la organización, el proceso de estratificación que vuelva mucho más abordable y eficiente el trabajo unidireccional de los burócratas de la revolución, hacer converger con cuidado a la militancia hacia una forma de militancia que se conforme en ratificar y a participar sólo de forma tangencial en la vida política del partido, desobstaculizando de este modo la acción relámpago de los “terroristas de la teoría y los funcionarios de la Verdad”. Y entonces una vez depurado a todo el sector crítico que se empeñaba en todo ese coñazo logístico de la política horizontal y participativa, se presentará ya como un mar en calma para esos "terroristas de la la teoría" el avance hacia la siguiente fase de definitiva apropiación y personalización de la revolución, una vez que esa militancia desideologizada y dócil sustanciada en la oclos enardecida y el rabioso e impotente lumpenproletariado ya se hayan solidificado en la inamovible conciencia de empresa común, de momento histórico compartido, de modélica trinchera para ajustar las viejas cuentas pendientes, aceptando con sumisión la delegación de la revolución a la cúpula directora a cambio de la promesa jurada de ver un poco de sangre salir de las rendijas de las guillotinas en las plazas y cualquier dádiva que mejore un poco sus vidas miserables. El proceso crucial de apelmazamiento de la masa canettiana en los mantras recordatorios de las sinergias y los enemigos comunes, obviando todo debate interno, los ejes ideológicos de fondo, la reducción del discurso y la fanatización progresiva de la organización mediante ese oportuno y necesario cuerpo de servil funcionariado deseoso de probar su compromiso y su lealtad a la cúpula para medrar en el futuro en la jerarquía de la organización, tal como en la transición política española la organización del PSOE se llenó de oportunistas y arribistas en todos los pueblos de España sin haber leído ni una sola línea de El Capital. Un proceso de infiltración que reclama en general el concurso de mentes equilibradas, de estrategas indolentes a toda crítica, de aquellos marineros que pueden resistir con pulso firme un rumbo tortuoso desde los primeros instantes de la infiltración, sorteando todo tipo de tempestades, gente acostumbrada por ejemplo a batirse con gallardía en los lodazales de las tertulias de extrema derecha, ese tipo de gente que no pestañearía ante el ataque de ningún oso porque llevan otro oso dentro. Un proceso político de infiltración que demanda en paralelo como condición sine qua non a un líder del mismo orden, alguien que despierte como virtud imprescindible una fluida empatía en gran parte del conjunto de la militancia, empezando así a sentar las bases sólidas para una estable relación sectaria “líder-grupo”, porque la figura de ese líder en ese momento pasa a sustentar todo el destino de la revolución, se convierte en el centro de gravedad, en el vórtice de todas las miradas, sus errores son los errores de todo un grupo, sus debilidades son las debilidades de toda una simbología encarnada en su existencia personal. Ese punto es el comienzo simbólico del fin de todas las revoluciones de masas, puesto que las debilidades del líder son inevitables, sabedor él mismo desde ese preciso momento que la estatua de la revolución llevará su nombre, que los niños memorizarán su nombre en las escuelas por los siglos de los siglos, que será glorificado en himnos revolucionarios y ofrendas florales en días señalados. Los días felices de la revolución son también peligrosamente los días felices del líder, el peligro de vivir con la erección diaria de saber que se están grabando al mismo tiempo en letras de oro tu nombre en los libros de Historia, que tu entrada en wikipedia ya es más extensa que la de Rosa Luxemburgo. Las inevitables tentaciones existenciales de elegir algún día incluso entre su séquito a una seductora consorte rubia de ese típico perfil ambicioso y sin demasiados escrúpulos éticos para compartir a lo Bonnie and Clyde el juego gangsteril de la batalla política, el juego también de la poderosa metáfora visual peronista, aunque al final la rubia a lo mejor te salga rana porque quiere jugar en solitario a Evita antes de que Perón la palme, y por ahí entonces ya hay que reconsiderarlo todo porque eso ya desborda los planes y hasta el mínimo buen gusto. Las tentaciones comprensibles también de salir alguna tarde de tedio y moral baja a ser ovacionado en las calles, esperando al igual que un día Napoléon corriendo a caballo por las calles de Jena, que en alguna esquina algún Hegel nos señale con el dedo identificándonos también con gloria y honor como el “Espíritu del Mundo” derrocador de la tradición y quien en porte extraordinario “a lomos de su cabalgadura, extiende su brazo sobre el orbe y lo domina”. La tentación inevitable de sentirse hermanado en la Historia de la vieja Roma con aquellos emperadores que desde el trono imperial contemplaron el mundo y al pueblo a sus pies, retozando felices bajo el implacable destino de su dedo pulgar con sus bacanales periódicas y su pan y su circo garantizado, entretanto él disfrutaba de la bacanal apolínea de los semidioses que tienen un sitio prometido en el Olimpo el día de su muerte terrenal, el placer incomprensible para el vulgo de sentirse eterno. Y así correrán los días de la Revolución en medio de triunfos y derrotas, pero no importa, porque para aquellos que un día salieron de sus aulas a dirigir la revolución, la experiencia es incomparable, ya que han pasado de explicar a Marx en frías aulas universitarias a alumnos imberbes a sentirse Marx en las calles cálidas de la revolución popular. Hasta que un día cualquiera, el mismo viejecito al que una mañana engañaron en una oficina de un banco estafándole sus pocos ahorros empieza a sentir el mismo principio de náusea de indignación que tenía ya casi olvidada, echando cuentas de la situación, intuyendo que ha cambiado a un amo por otro amo, que ha cambiado un látigo por otro látigo, hasta que acaba por salir airado de la caverna y comprende toda la cruda realidad con la misma indignación que un día había sentido al sentirse manipulado en su buena fe, y de pronto un mediodía abre los telediarios de todo el país con una pancarta de indignación cagándose en todo y en todos sentado en el centro de una plaza cualquiera, y como un virus imparable se empieza a contagiar la noticia a todo el conjunto de la sociedad reactiva, y enseguida las plazas de todo el país se vuelven a llenar de indignación e indignados de todo pelaje, y nosotros entonces volveremos a estar aquí, volveremos a estar parados en este mismo punto de la plaza, contemplándolo todo y a todos riéndonos a mandíbula batiente mientras los demás nos mirarán desconcertados y con su cara indignada, preguntándose de qué coño se ríen esos dos hijos de puta.




Biel Rothaar

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