lundi 17 août 2015

Dudas y Cuestiones (68)








Leemos sin demasiada sorpresa estos días las declaraciones de Joaquín Urías,
profesor de Derecho Constitucional en la universidad de Sevilla,
 letrado del tribunal constitucional y activista del Foro Social de Sevilla:
"Ya nadie se llama a engaño. Podemos es un partido centralista y vertical, 
dirigido con mano férrea por un grupo de amigos que han ido desactivando sistemáticamente 
cualquier intento de las bases de construir un movimiento político participativo y horizontal. 
Siempre ha sido así, pero ahora lo empieza a saber la opinión pública. 
Y eso va a tener un coste electoral".






¿El esperanzador ambiente aún respirable como nostalgia de las plazas del 15-M
de transformación política de carácter horizontal anti-jerárquico
y de histórica emancipación política de todo individuo a la categoría revolucionaria de “ciudadano-político
(posibilitador final de la constitución social de un verdadero "demos"
superando así el viejo marco del delegatorio sufragio universal cuatrienal),
se ha difuminado como señala Joaquín Urías y como remarca Ramón González,
militante de Podemos y portavoz de Guanyem Catalunya,
afirmando que Podemos es una pseudo-secta en la que Pablo Iglesias sería su gurú
y donde el lumpenproletariado marginal, desclasado y expulsado de los procesos de producción capitalista actuaría como ese necesario componente principal de toda masa sectaria:
el fanático núcleo cohesionador y proyectador en su desesperación vital
de la mística aureola de salvador mesiánico alrededor de la figura del líder,
 invistiéndole de este modo de toda impunidad de acción?




En el contumaz rechazo de la dirección de Podemos a una unificada candidatura de izquierda
con visos de ganar las elecciones según recientes encuestas,
esa alianza que contradictoriamente sí fue permitida en las elecciones municipales
bajo la alianza en Cataluña entre Podemos-ICV (filial de IU en Cataluña),
¿cuál de estos dos adversarios que Foucault apreciaba leyendo El Anti-Edipo de Deleuze
 se podrían achacar a la testarudez de la dirección política de Podemos:
esos “ascetas políticos, los militantes morosos, los terroristas de la teoría, 
aquellos que quisieran preservar el orden puro de la política y del discurso político. 
Los burócratas de la revolución y los funcionarios de la Verdad
o, acaso estamos por contra ante el mayor enemigo de todos,
aquel “fascismo que existe en todos nosotros, que habita en nuestros espíritus 
y está presente en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar el poder,  
desear esa cosa misma que nos domina y nos explota”?




¿En el fracaso de la candidatura unificada de todas las izquierdas progresistas españolas
habrá de escribirse algún día sobre las cenizas frías de la revolución fracasada
los mismos dictámenes que fueron escritos en el pasado para similares
coyunturas de fracaso y escisión entre fuerzas progresistas de cambio social:
la culpabilidad compartida de las murallas de los personalismos y
 los erróneos triunfos de las divergencias sobre las convergencias?



¿Pablo Iglesias se ha precipitado acaso en el megalómano embrujo de ser observado también
con el boato de un Napoleón contemporáneo
en el mismo sentido que Napoleón fue observado por Hegel
corriendo a caballo por las calles de Jena el 14 de octubre de 1806
identificándolo boquiabierto como el “Espíritu del Mundo” derrocador de la tradición
y quien en porte extraordinario
a lomos de su cabalgadura, extiende su brazo sobre el orbe y lo domina”?



¿Asistiríamos también en un hipotético encuentro entre Pablo Iglesias y Goethe,
a la misma respuesta que Napoleón espetó a Goethe
cuando éste le preguntó si aún era posible escribir una tragedia en torno a la idea de destino:
¿Para qué queremos ahora el destino? ¡La política es nuestro destino!”?



¿Descubriremos incluso en alguna honesta autobiografía futura de algún dirigente fundador de Podemos,
la confesión sonrojante que toda la sustanciación política del clima revolucionario de las plazas del 15-M
no fue en verdad más que la vanidosa acción idealista
de un reducido grupo de profesores de ciencias políticas de la Complutense,
 jugando en excedencia temporal a ser revolucionarios a tiempo completo,
un simple experimento intelectual como trabajo de campo
para la escritura de una docta tesis política del tipo
"De cómo probamos empíricamente que el gregario hombre común sigue siendo maleable 
a los cantos de sirena revolucionarios bajo un discurso pseudomarxista 
en los tiempos del actual tardocapitalismo postindustrial"?



¿Habrá que volver a llenar las plazas del 15-M en el futuro con pancartas para ensalzar y ovacionar
la genialidad intelectual de este elocuente “grupo de profesores de ciencias políticas”
por ayudar a probar una vez más que la única vía revolucionaria posible es la vía anarcoindividualista
y que el mayor enemigo del “pueblo” siempre será el mismo “pueblo”?



¿El fenómeno social “Podemos” se acabará convirtiendo
como en otras coyunturas de cambio social frustradas
en la triste letanía que lleve a reconjugar el lema verbal “Podemos
en ese otro típico canto que en la vejez suelen mascullar en voz baja
todos los viejos revolucionarios fracasados como un autorretrato de sus vidas y de su tiempo:
Podemos, Pudimos, Pudieron”?




Biel Rothaar
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