vendredi 3 juillet 2015

Rejas




a P. G. donde quiera que estés,



Sus ojos azules brillaban en una oscuridad nueva,
y sus pasos se habían instalado en la duda,
avanzando por los estrechos pasillos del pabellón psiquiátrico
arrastrando los pies,
no porque le costase caminar,
sino como si ya no confiase en la solidez del suelo,
ni tampoco en su posibilidad.


Su nuevo rostro de pez globo
hablaba de píldoras que traían largos descansos,
como interminables atascos de autopistas,
y sostenidas miradas a la nada,
como un pez detenido porque se le olvidó nadar.


Cada miércoles era su día preferido de la semana,
la oportunidad de la mejor higiene y vestuario,
como si quisiese honrar y,
festejar
el encuentro, con los viejos amigos.


En su mente ya casi no florecían las viejas consignas anarquistas,
corrían a veces ríos de cadáveres sin manos,
y habían vuelto a aparecer peluches de infancias uruguayas,
rostros de mujeres ancianas,
y recuerdos de lágrimas que no eran suyas.


A la sombra de limoneros sin limones
agonizaban muchas tardes berlinesas,
contemplando mujeres en camisones de flores
y rubios adolescentes sin sonrisa,
recordando a veces el tiempo
en el que los silencios anticipaban palabras,
y se esperaban trenes en andenes.


Al despedirnos, él nos miraba siempre con lástima,
como si en el fondo se compadeciese,
de que tuviésemos que regresar
del otro lado de las rejas.





Biel Rothaar

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