jeudi 2 juillet 2015

Oclocracias, no democracias







Las verdades más desgarradoras (y, sin embargo, aquellas que nos son más necesarias) son aquellas que nunca estamos o estuvimos dispuestos a aceptar por una cuestión de un fraudulento optimismo desesperado o de una higiénica salvaguarda mental. En nuestro interior más íntimo, pese a todo, continuamente eran aquellas las que vibraban/vibraron más certeras y de manera natural, sin ninguna clase de oposición interior ni enfrentadas a ningún clima de dilema. Siempre fueron éstas nuestras mejores certidumbres y, en cambio, por una cuestión de fe social o estética estéril, decidimos vivir de espaldas a ellas, negándonos a aceptarlas, rehuyendo avergonzados su reflejo, su dictamen perturbador. 

La peor de las tragedias es a menudo aquella que representamos de la forma más eficiente en silencio, el peor de los horrores es el que nunca emerge, acorazado en las catacumbas sociales por un pacto tácito común. Hoy más que nunca, al calor de la actualidad de nuestros días, cabe acaso preguntarse en voz alta —desafiando a los tibios y a los cínicos—, si acaso entre todos esos pactos de silencio, entre todas esas truculencias "de lo humano" eludidas con las artes del autoengaño colectivo no sobresale entre todas ellas la errada percepción de la democracia como la verdadera naturaleza política de nuestras sociedades occidentales, como el marco político real de las sociedades “civilizadas”. En todas las suposiciones, la respuesta parece ser de tendencia afirmativa, mostrándonos que nuestro brillante legado de la Antigüedad clásica —honroso pilar fundacional de toda la civilización occidental y espalda de Atlas donde reposa Occidente—, es, en verdad, nuestra mayor farsa social. 

Pocos dudarán, en efecto, que la mejor opereta de Occidente ha sido y continúa siendo el abuso histórico del término democracia como explicación política del conjunto de las naciones occidentales. Combatir semejante falacia histórico-política requerirá en algún momento de la historia occidental de la aparición de un Herodoto irreverente que transforme el relato, demoliendo ese edificio retórico que da aparente solidez a la actual farsa democrática, con aquella misma maestría y habilidad discursiva con la que Michelet nos convenciera falsamente de que la Revolución Francesa había sido un momento de liberación. Tal como nos sugiere Ricardo García Damborenea en su Diccionario de Falacias, acerca de la mejor estrategia para desmontar una falacia, "la mejor forma de combatir un mal argumento es dejar que se hunda solo" o bien "limitarse a señalar el fallo en las premisas, la conclusión o la inferencia" desvelando de este modo su inconsistencia. La tarea de desenmascaramiento de nuestras pseudodemocracias nos exige por tanto la rara virtud de la paciencia y el conocimiento etimológico exacto del término democracia. En la suma de esas acciones obtendrá todo concurrente a tal desafío la revelación de la verdadera motricidad de la realidad social, devolviendo de forma clara la proyección de la historia política de Occidente como un complejo devenir sociopolítico fundado sobre la costumbre consuetudinaria de un permanente y errático juego de trileros, cuya suerte ha vacilado siempre entre el genio individual de oligarcas y el oportunismo colectivo de oclócratas. Por desgracia, esa epifanía esclarecedora semeja distante, sin que aún sepamos ver con claridad qué o quién pondrá el epílogo a esta larga farsa histórica, porque en ocasiones, esta farsa política pareciese inmarcesible, como si se tratase de un castigo divino o de la misma amenaza de fuego eterno que reina desde hace miles de años sobre la Burning Mountain





En cierta forma, el origen histórico de la democracia moderna en su profunda naturaleza fársica pareciera incluso remedar fielmente el carácter paródico que las hilariotragedias romanas mantenían en relación con las tragedias clásicas griegas, en una recurrente constatación que el mundo occidental siempre ha sido en el fondo más romano que helenístico, tanto en sus virtudes como en sus defectos. De este modo, mediante la constitución histórica de las primeras democracias modernas a través de la representatividad política del conjunto de la sociedad en parlamentos elegidos por periodico sufragio universal individual, el mundo occidental pareció así obedecer y cumplir con suficiencia esa tendencia paródica que el mundo romano siempre ha realizado del mundo heleno: esa voluntad de imitación por deformación, ese mero apetito por los brillos superficiales. 

El conjunto de los recientes fenómenos políticos que ha vivido el viejo continente europeo como consecuencia de la crisis humanitaria de refugiados derivada de la guerra siria, sumada a la remanente crisis económica mundial iniciada por la chispa de las subprimes norteamericanas y vigorizada a escala europea por el proselitismo austericida del eje germánico-protestante ha provocado otra vez el incendio de la vida política europea con esos conatos de revuelta popular y revolución social que la vieja Europa sufre cada cierto tiempo, como si fuese un signo inevitable de su historia o su vicio recurrente. Los bancales de votos más o menos estables se han desordenado de manera violenta produciendo una resituación del tablero político, la clase media pequeñoburguesa —desconfiando de la burguesía despótica y corrupta—, ve amenazada su fantasía de emulación burguesa solicitando nuevos héroes liberales que sostengan vivo su sueño de triunfo personal en el american dream estándard, el lumpenproletariado de Marcuse ya no se conforma con las anestésicas dádivas del sistema de bienestar y exige de nuevo guillotinas en la place de la Concorde, los pensionistas miran con desconfianza hacia la clase política tradicional antes fiel aliada de sus intereses conservadores, el tribalismo predicho por Maffesoli —como resultante del auge de la globalización económica neoliberal—, empieza a visualizarse en la resurrección de las extremas derechas nacionalistas alimentadas por ese "hombre común" primario que en tiempos de inseguridad exterior recurre al abrigo cálido de la tribu y lo local. Algunas voces —lejos de las lecturas fáciles en primera instancia en clave pesimista—, se han apresurado a observar en toda esta confusión política la oportunidad de algunos espejismos de cambio, algunos de esos productivos impases de desorden creativo en el que en ocasiones desde la platea popular asaltan el proscenio inesperados actores que pueden alterar en último término el desenlace de la farsa, conduciendo a veces a la farsa por una deriva evolutiva natural a la risa liberadora de la comedia, u otras veces sin embargo, convirtiendo la farsa en más refinada y compleja a través de la intriga y el enredo, como en ciertas farsas de Plauto. 

Un buen conocimiento de la historia europea nos proporcionará, no obstante, una lección no muy optimista del desenlace de estos nuevos episodios tumultuosos sociales, trayéndonos el recordatorio fallido de numerosos movimientos de transformación social emprendidos en el pasado europeo, el recordatorio fracasado de otras atmósferas revolucionarias, de otros Pablos Iglesias, de otros Beppe Grillos y de otros Tsipras. En esas repeticiones de la Historia con una simple mirada superficial podremos encontrar así sin gran dificultad el desenlace inevitable que nuestros Pablos Iglesias y Alexis Tsipras modernos encontrarán igualmente tarde o temprano como verdad última: no hay demos, solamente hay oclos; no hay por desgracia demos a la que emancipar, solamente hay oclos a la que manejar; nunca ha habido en realidad demos (ni en la mítica democracia ateniense de Pericles), siempre ha habido única y exclusivamente oclos: ese es el principal y decisivo tejido social alrededor del cual eclosiona y gravita toda realidad sociopolítica humana

Toda la historia política de Occidente desde el tiempo de los pelasgos y de los campos de urnas—, bien podría resumirse en realidad como el relato concatenado de las diversas estratagemas personales, ideologías sociales y coyunturas históricas que permitieron o intentaron en cada instante gobernar y dirigir con diligencia y eficiencia al conjunto mayoritario de la oclos, al conjunto decisivo de la muchedumbre. 






En los diferentes ciclos políticos duales citados tradicionalmente de Polibio hallamos por esta razón una sucesión de pares errados, de igual forma que en el bucle histórico-político aristotélico. En ambos modelos encontramos una exposición equivocada de diferentes terminologías políticas estancas que en el fondo no hacen más que denominar a todo el espectro de las diversas formas de gobierno posible de la oclos (incluso la propia oclocracia resulta otra forma de gobierno de la oclos, entendida como el perfecto gobierno de la oclos por la propia oclos, en cierta forma la máxima independencia y autonomía de gobierno de la oclos, su cumbre política: normalmente por excesos y abusos extremos de una oligarquía precedente, como en el caso de todas las presentes oclocracias sudamericanas. 

Entre todas esas formas de gobierno aludidas por Polibio según la tradición aristotélica, la única forma de gobierno que siempre fue y es todavía completamente utópica o irreal es la democracia. En la actualidad, esa sentencia sigue siendo plenamente válida. Varios milenios después de su expresión teórica la democracia sigue sin contar con ningún referente histórico totalmente legítimo, restando todavía un absoluto imposible. Su expresión moderna continúa penalizada sobre todo por el contexto evolutivo de la propia humanidad, dentro del estadio primario que como bien identifica Morin aún se encuentra anclado en un estado de Edad de Hierro intelectual, dominada por el sujeto animal irracional, el sujeto pasional atávico, el paradigma cartesiano y el gregarismo social como tumba voluntaria de la iniciativa y autonomía individual. Un infraestadio cognitivo y evolutivo agravado por su desarrollo ambiental en un ecosistema sociopolítico sometido todavía por el eco de nuestra identidad de especie animal depredadora, asociada en el neliberalismo dominante, al imperio implacable de un darwinismo hobbesiano, cuya lógica de pro-supremacía y pro-supervivencia egoista solamente se rompe o es desafiada de manera esporádica en condiciones coyunturales desfavorables, durante penurias episódicas en las que grupos amplios de individuos desfavorecidos deciden cooperar solidariamente para revertir su derrota social darwinista mediante el poder de supervivencia de la acción colectiva como estrategia y no como voluntad, el "mutualismo de supervivencia" muchas veces confundido con el auténtico "mutualismo voluntario" que sólo es reproducido por una situación de independencia y empoderamiento individual ni jerarquizado ni coaccionado por el medio. Todos esos repentinos episodios de cooperación influenciados por la amenaza social —esos "mutualismos de supervivencia" reactivos—, suelen traducirse alguna vez fraudulentamente en las páginas de los libros de historia como auténticos proyectos políticos progresistas guiados por utópicas filosofías comunitarias, utopías sociales que la mayoritaria masa social (la decisiva oclos) siempre termina por conducir finalmente al fracaso porque su apoyo ideológico inicial nunca está en realidad en consonancia con un verdadero sentimiento altruista de comunidad, sino que solamente está basado en un instrumental sentimiento de asociación por un simple interés individual ajeno a las necesidades de la comunidad, un mero y episódico "mutualismo de supervivencia" en lugar de un "mutualismo voluntario". 

Las dos únicas formas de gobiernos naturales entre las referidas por Polibio son en consecuencia de forma exclusiva la oligarquía y la oclocracia, el único par real entre los que transita de manera cíclica la Historia. Todas las demás formas de gobierno —monarquía, aristocracia, autocracia—, derivan de la primera en constante oposición a la segunda por agregación o reducción cuantitativa o cualitativa de poder político, y siempre en constante danza alrededor de todas ellas bailando utópicamente como un horizonte inalcanzable el espectro teórico de la democracia: el gobierno simétrico de los ciudadanos iguales. Además, en la citación de estas formas de gobierno clásicas cabe por último reseñar y distinguir con singularidad la forma diferenciada de la república que vino a ser en su fundamento básico el resultado político de un pacto de convivencia social entre patricios y plebeyos, un pacto regulado a través de la obediencia social a las leyes en un marco legislativo común, una especie de pax romana política (casi siempre imperfecta, sin embargo, por la avaricia congénita de unos y el odio irresoluble de otros, por el temor receloso de los que poseen y la osadía incontenible de los que ansían poseer: dinámica histórica eclosionadora del estado policial). 





Entre todas las formas posibles de gobierno, la democracia representa así todavía lamentablemente para el hombre moderno una estructura política sobrenatural por la demanda de sus requerimientos ejecutivos a la totalidad de sus miembros. La democracia pura seguirá siendo así principalmente en el curso venidero de la historia un fetiche intelectual, un objeto de reivindicación y persecución moral únicamente para personalidades soñadoras como Saint-Just, delirando sociedades imaginarias de presuntos ciudadanos juiciosos, equilibrados y justos esperando a ser liberados del anonimato social que castra su supuesta potencialidad humanista y brillante capacidad política.

La única esperanza objetiva que nos resta, en apariencia, es aguardar que —como Victor Hugo dictaminó en cierta ocasión a propósito de la revolución de junio de 1848—, el pueblo "se rebele otra vez contra sí mismo". Aunque más allá del significado filosófico otorgado por el pensador francés, este pueblo airado contra sí mismo se rebele también contra su autoestulticia, contra sus vicios, contra su cortoplacismo, contra su mansedumbre natural. Esa sería la verdadera revolución popular a esperar, la única revolución que podría dar lugar a la ensoñación de la verdadera democracia, al triunfo y conformación social de un verdadero demos. Hasta entonces —como nos anunciaba ya San Jerónimo—, posiblemente estemos condenados a sufrir todavía largo tiempo el influjo de la verdad contenida en su célebre sentencia, Fex urbis lex orbis.





Biel Rothaar

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