jeudi 2 juillet 2015

La abolición del hombre






En el libro de C.S. Lewis, La abolición del hombre, se puede encontrar la siguiente continuidad:
«Es difícil abrir un periódico sin que te venga a la mente la idea de que lo que nuestra civilización necesita es más empuje, o dinamismo, o autosacrificio, o creatividad. Con una especie de terrible simplicidad extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos».





Un cierto tipo de ingenuidad patológica o el ejercicio terapéutico de un cierto tipo de optimismo desesperado parecen ser ya los últimos reductos del discurso humanista. Imposibilidad de sentir ya cierto bochorno intelectual al leer ciertas diatribas críticas en clave humanista:
la sempiterna esperanza todavía en la eficacia moldeadora social de una cierta educación humanista,
la permanente esperanza en una presunta infrautilizada capacidad social para moldear hombres virtuosos,
el repetitivo alborozo crítico y escandalizado ante la visión de la supuesta castración social de potenciales superhombres, convertidos por contra en obligados y apenados hombres-utensilio de un sistema social determinado, anulados en una supuesta individualidad creadora de formas y dinámicas sociales superiores. 


¿Cuántas décadas o siglos de nueva frustración se necesitarán todavía ante continuados resultados calamitosos de sistemas educativos (incluso en los mayores grados de voluntad y pureza humanista y emancipatoria) para entender que el verdadero hombre virtuoso y humanista no puede ser forjado, sino que se va encontrando a sí mismo en la suma de penosas y solitarias encrucijadas, que el verdadero hombre virtuoso y humanista sale solo como los poetas, tal como Rilke enunciaba a propósito de Höderlin?


¿Quién se atreverá a sancionar la imposibilidad e ilusión ficticia que reposa detrás de todo proyecto de educación social, quién se atreverá a denunciar a toda educación social como una de las muchas impotencias evolutivas humanas (en lugar de su celebrado papel de potencia evolutiva social), quién osará enjuiciar la productividad de los centros de enseñanza como una inoperante e irrelevante adquisición en términos evolutivos de tradiciones, costumbres, hábitos, protocolos sociales y técnicas profesionales como perfecto disimulo del ocioso y buen salvaje interior (meros campos de adoctrinamiento para el entramado social: los gulags modernos de las sociedades de consumo), quién osará desvestir a toda educación social de esa aparatosa grandilocuencia "civilizatoria" hasta presentarla como sobre todo esa acaso necesaria y mera conquista de un correspondiente amaneramiento tribal y social inofensivo: el desdentado y adocenamiento de la bestia?


¿Quién certificará con voz rotunda que la única educación clave y decisiva es la que eludimos o nos damos a nosotros mismos, la que rebasa el modelo estándard y nos convierte en maestros, aquella que se produce en ese largo encuentro y desencuentro con nosotros mismos, aquella que se produce en ese largo encuentro y desencuentro con ese exterior social que representa el escenario y la prisión de nuestra existencia, aquella que se fragua en esa íntima colisión con cada uno de nuestros intereses y los intereses ajenos, aquella que se consolida de forma natural en ese largo autoreconocimiento y autocuestionamiento de todas las aristas del yo y el no-yo, ese flujo autoeducativo que opera en sentido opuesto a la educación social (desde el interior hacia el exterior)aquella que fructifica en la constante búsqueda de nuestro reflejo más certero y de nuestro mejor espacio de confort social durante el permanente asedio de la Sociedad?





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La Sociedad, por contra, no castrará jamás mortalmente al fértil (al contrario, el fértil alcanza su apoteosis ante escenarios sociales reactivos: en escenarios óptimos, el fértil duerme o sueña batallas y monstruos), y en oposición, la Sociedad solamente agravará la castración del ya castrado por naturaleza multiplicando su condena de por sí desgraciada. El fértil, sin embargo, siempre acabará brotando tarde o temprano en forma de un poemario incendiario en forma de aullido, o en forma de una revolución ideológica social, o en forma de una ONG comprometida o en forma de una película de insólito amor, y nunca para recordarnos lo bello, sino siempre para recordarnos principalmente la fealdad y la posibilidad teórica del reverso. 


La humanidad siempre ha sido primordialmente un lugar de almas condenadas de antemano, de corazones parasitarios, de estómagos interesados, de egos sibilinos, de proselitistas y sofistas de medias verdades, de carroñeros de lo ajeno antes que de estimuladores de lo propio, un consentido ecosistema social de techos bajos y lindes marcadas: la única diferencia es la progresiva sofisticación que época tras época hay detrás de ese enjaulado social.


La humanidad ha sido siempre como escena predominante un turbio burdel de pasiones elementales y un basurero fétido de residuos putrefactos del ego en constante expansión y colisión, y en el que de forma intermitente emergen oasis cuyo signo vital es vivir siempre aislados, amenazados y en peligro, como si el estado natural de la virtud fuese la constancia y la tensión estable para evitar su derrumbe interno, su desintegración natural en la ponzoña de ese basurero. La humanidad ha optado como costumbre analgésica disimular con candidez el hedor de ese basurero y todos los rastros de las lágrimas y la sangre derramada en las cunetas de la Historia mediante la acción de falsos perfumes, apocalípticos credos de salvación y evolución y la instauración sanitaria por defecto del "buenismo" a modo de aroma y autoengaño social. Pero el destino de la humanidad será acaso por siempre ser esta especie animal violenta, tribal, timorata, vanidosa, cínica, viciosa, megalómana, depredadora y de naturaleza gregaria que como feliz contrapunto posee la extraña facultad de alumbrar frente a toda esa inmundicia por defecto algunos puñados de genios aislados como anomalías, como si se tratasen de erratas divinas, y como si la épica de sus futuras desventuras y sufrimientos entre tanto desarreglo y antitético contraorden fuese el mejor y sádico divertimento de precisamente unos ociosos dioses de un verdadero Olimpo. 


La bonhomía humanista, el altruismo solidario y abnegado, la virtud creativa que no desfallece, el genio revelador, la misericordia que no obedece ni rosarios ni cruces, los corazones valientes y heroicos que sacrifican el yo por el nosotros son rarezas en la especie humana como lo son las rosas negras o los tigres albinos, maravillosas excepciones a la regla que durante milenios han ido mejorando el aspecto de la estampa humana y su legado con sus acciones valiosas y valerosas, elevando generación tras generación a categoría de esperanza una hipotética salvación cuasireligiosa de la mediocridad humana a través de la imitación de sus ejemplos virtuosos, fomentando así ideologías y filosofías imitadoras de todo ese virtuosismo. La gran debilidad del humanismo es justamente que comete el abuso y tiende a ser también una mera ideología de imitación (antes que una ideología de autoguía), condenándose así en el tiempo puesto que de lo imitado no puede salir nunca nada vivo, sino solamente resucitado: la fantasmal presencia de lo redivivo. Ningún virtuosismo se expresará o se desarrollará con desgarradora plenitud a través de la mimesis de ninguna ἰδέα constructo social, sino únicamente mediante la expresión espontánea de una potencia natural.


Por esta razón, el drama real, la verdadera abolición del Hombre llegará el día que asistamos a la extinción de esa rara potencia biológica de la especie humana, esa esperanzadora discontinuidad lamarckiana, la belleza de ese impredecible y singular "salto cuántico natural" que de modo regular entre la incapacidad y la mediocridad social como aberrante normalidad hace florecer en hermosa contraposición a algunos Einstein, algunos Darwin, algunos Tesla, algunos Da Vinci, algunos Siddhārtha Gautama, algunas rosas negras, algunos tigres albinos que nos recuerdan como valioso estímulo la preeminencia del error y la fealdad, y la posibilidad teórica del reverso. 




© 2015 Biel Rothaar



PD.

¿La inminente llegada en las próximas décadas de la "Singularidad Tecnológica" que por primera vez en la historia humana permitirá la superación de la biología y el añadido productivo de la tecnología en la evolución humana nos concederá el dominio y la multiplicación positiva de ese "salto cuántico" proveedor de brillante excepcionalidad en la mediocre especie humana?

 ¿La futura llegada de esa "Singularidad Tecnológica" se presenta así en el horizonte como amenaza o como salvación para el hombre? 

¿La futura aparición de esta "Singularidad Tecnológica" que coaligará biología y tecnología con fines evolutivos impredecibles será el preámbulo del tan profetizado nacimiento del "superhombre nietzscheano", el cumplimiento y conquista humana del concepto lamarckiano de «perfeccionamiento de órganos y especies»? 

¿Las posibilidades científico-sociales de esa demiúrgica época posterior al estallido de esa "Singularidad Tecnológica" volverá estéril (y hasta ridículo y síntoma naif de un pasado ingenuo de la Humanidad) toda la presente dialéctica a favor o en contra de las posibilidades de transformación y evolución social del género humano mediante una educación social virtuosa y humanista?

¿Esta inminente llegada de la "Singularidad Tecnológica" supondrá en realidad la verdadera abolición del Hombre?