vendredi 3 juillet 2015

Karnaval (Capítulo 14/24)








Karnaval





Biel Rothaar

Karnaval









Primera edición: julio 2015
Copyright © 2015, Biel Rothaar
Cubierta: © Biel Rothaar


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a Rose
en cuyo interior conviven todas las mujeres que amo






La historia de los hombres no será nunca
la historia de los ángeles

Auguste Romieu
(L'Ère des Césars)








EL GRAN CARNAVAL
Anexo XIV




Es cierto que me gustaba hacerlo algunas veces también para incomodarte, ahora ya puedo decírtelo tal vez, pero en ningún caso se manifestó nunca como perversión, ni como mi apego favorito desde aquel día en que fingimos muertos de risa ser dos auténticos desconocidos que eran presentados por otros desconocidos una noche en la que Amsterdam era lo que Venecia no será jamás ningún invierno, un grueso manto blanco que poder ensuciar con nuestros zapatos y nuestras bocas sucias, aquel tiempo en el que aún caminabas con cierta cautela a mi lado, cuando todavía permanecían vivas todas nuestras máscaras, y por eso mismo supongo que me abandoné a esa distracción, porque era un método efectivo para explorar debajo de tus máscaras, para indagar las facciones de tu verdadero rostro que se agazapaban todavía como culebras bajo tus modales corteses que continuamente establecían las distancias justas con todo extraño, y con todos aquellos a quienes pretendías mantener de modo indefinido en esa condición, el recurso que fue primero necesidad y luego ordinario pasatiempo, todo aquel examen atento a cada una de tus reacciones a mis lecturas en voz alta de aquellos textos breves que podía estar madurando toda una tarde en silencio a la manera de un miniaturista o de un escultor obsesivo, todos esos textos cioranescos que en verdad es lo único que siempre me ha interesado escribir querida, la tentación de la síntesis que alumbra o desgarra, en lugar de todas esas recomendables arquitecturas narrativas colosales más rentables para el ego social, ese tipo de recomendación de la que tú pareciste ser igualmente partidaria, desde aquella primera lectura que te concedí por sorpresa una tarde de invierno en la que nevaba sobre aquel lugar en el que vivíamos todos juntos sin dar mayor importancia a lo que eso significaba, y al que un antiguo residente había bautizado pomposamente como el Palais de Jordaan, aquel lugar donde empecé a identificar debajo de tus máscaras la mayoría de tus filias y de tus fobias, donde empecé a imaginar tu pasado y a intuir tu futuro, con esos pasatiempos que al principio fueron solamente una manera mutua de conocernos, y que luego pasaron a ser otras veces una flemática manera de incomodarte porque era siempre cautivante advertir cómo del letargo de una mar en calma podía alzarse de pronto un mar bravío, como si bajo su superficie habitase un monstruo irascible, al que luego había que calmar a fuerza de zalamerías y carantoñas hasta que volvía a dormirse sobre su esponjoso lecho abisal, pero hoy seguramente no podré volver a comprobar si ese monstruo sigue aún existiendo en alguna parte de ti, porque esta noche parisina será sin duda una de esas noches marsellesas en las que tocaba temer si acabarías regresando o no, una de esas noches en la que a lo mejor te has dejado atrapar por otros cantos de sirena, otra de esas típicas noches en las que te dejabas hacer prisionera de otros brazos por pura diversión o para averiguar si en otros discursos y en otros estilos diferentes a los míos hallarías más sosiego (porque obviamente querida siempre ha habido algo de terapia en tus relaciones con los hombres), hasta que te cansabas de sus peculiares ritmos o de sus peculiares vacíos, o simplemente por el temor que te producían todos sus primeros signos estratégicos por apresarte de verdad, por cercenar tu libertad de gatita salvaje, y entonces regresabas sin más, volvías a cruzar la puerta diciendo las mismas cosas de costumbre, como si no hubiese ocurrido nada, como si no me hubieses dejado abandonado esperando eternamente en alguna orilla del Vondelpark o como esta misma tarde en cierto banco roto de la rue Washington, por eso sé que esta noche no será posible, porque esta noche probablemente ya no volverás a cruzar esa puerta, esta noche habrá que contentarse con el sigilo de tu ausencia, y como otras veces sin que nunca fueses consciente de ello recitar igualmente en voz alta el último texto, imaginando las reacciones que hubiese desencadenado en tu semblante de holandesita inquieta, mientras mi voz va resonando en el vacío en una especie de ridícula nada:



Somos los últimos jóvenes de una generación que todavía se ha instruido de una manera natural leyendo a Balzac, a Proust y a Faulkner. Somos extraños integrantes de una de esas épocas que suceden cada cierto tiempo: una época de transición.

Igual que otros hombres en el pasado agasajados o castigados por este azar de la Historia (estas culturas de transición), estamos condenados a atravesarlas de una manera penosa, nostálgicos prematuros de la vieja era que se derrumba ante nuestros ojos, y espectadores curiosos de la nueva era que se yergue como un coloso ante nosotros, impactados por el surgimiento violento de sus columnas imponentes, y admirados por los frontispicios relucientes y enigmáticos de toda época nueva.

Este será nuestro destino, vagar erráticos y confusos, plenos de contradicciones, como hojarasca mecida por un viento inconstante, hasta que se forme la nueva generación educada ya íntegramente bajo las reglas y las costumbres de la nueva época, y esta nos expulse del escenario de la Historia como se expulsa a los viejos actores o a los viejos muebles de attrezzo cuando estos ya no lucen bien en ninguna parte.







EL GRAN CARNAVAL
54-56



54 INT. FLASHBACK – ESTADOS UNIDOS – CASA DE KAREN – SALÓN – DÍA LLUVIOSO

CLAIRE y KAREN están acostadas juntas sobre una
alfombra rodeada de una multitud de cojines de colores enfrente
de un fuego de chimenea, mientras en el exterior EMPIEZA A
LLOVER con más intensidad.

Ambas están desnudas, KAREN dormita recostada sobre el
hombro de CLAIRE, mientras esta mira el fuego serenamente.


CORTA A:

55 EXT. VENECIA – PLAYA DE LIDO – ATARDECER

Bajo unas AMPLIAS GAFAS DE SOL OSCURAS que
impiden ver sus ojos alicaídos, CLAIRE contempla EL
ATARDECER en la playa de Lido.


ENCADENA A:

56 EXT. FLASHBACK – ROMA – DÍA

VISIÓN de CLAIRE y KAREN disfrutando con semblante
feliz de sus vacaciones en Roma, en los días previos a su llegada a
Venecia.

En una TIENDA DE ANTIGÜEDADES del centro
histórico de Roma, mientras CLAIRE admira una PEQUEÑA
ESTATUA CLÁSICA, KAREN manipula un JARRÓN DE
CRISTAL que de repente se escurre entre sus manos y cae al
suelo rompiéndose en pedazos.

KAREN reacciona con un incontenible ataque de risa frente
al airado malestar del ANTICUARIO (62), mientras CLAIRE se
sume en una súbita congoja, como si asociase el accidente a un
mal augurio.







Biel Rothaar
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Este texto es el decimocuarto capítulo de una serie de avances promocionales de la ópera prima 
Karnaval (2015).