vendredi 3 juillet 2015

Francmasonería





Decías que tu nombre de agua
había sido decidido por el rito francés,
y que Hiram cuidaba tus pasos
en las horas marcadas.


Yo te hablaba de poetas tuertos
y de la última soga de François Villon,
y de líneas vacías en hojas en blanco
que se transformaban en geometrías de silencio,
mientras replicabas airada
contra vanidades antropocéntricas
y construcciones de renglones torcidos,
y el café se nos enfriaba.


Me dibujaste en una servilleta sucia,
serpientes de piedra
que serpentean todavía por fachadas de catedrales,
me hablaste con pasión de letras sagradas,
me alertaste contra guerras cercanas,
y describiste con respeto y temor
los surcos que causan en el tiempo,
ciertas escuadras y ciertos compases,
cuando están a la sombra
de estrellas de cinco puntas.


Repetías que habías encontrado el camino,
y en tu mirada andaba ese reflejo brillante
de aquellos que han creído encontrar la verdad.


Te vi marcharte con paso diferente,
como si te hubieses sacado un peso de encima,
dejando la tristeza inconfundible
de los últimos adioses.





Biel Rothaar
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