jeudi 2 juillet 2015

El hombre de Fukushima






Tras la larga noche de sirenas
su casa y su huerto
rodeados de un nuevo paisaje
de ruinas y desechos
el anciano sale a rezar por los nuevos dones
insistiendo a todos los que huyen:
no son ruinas
son ofrendas del nuevo dios
no son desechos
son semillas de creación
los hombres de blanco
se acercan al hombre
con rostro de asombro
el anciano grita al verlos:
¡no está mi casa dispuesta
para acoger a los enviados del nuevo dios!
y corre por el jardín
en busca de una flor de lila
y una ramita de naranjo
y las coloca con mimo
en la puerta de entrada
los hombres de blanco se inquietan
ante la reacción del anciano
no entienden su lenguaje
su posición de semipostración
repitiendo sin cesar
que es consciente
que no tiene miedo
que es buen conocedor
de la nueva ley divina:
no son ruinas
son ofrendas del nuevo dios
no son desechos
son semillas de creación
el hombre se resiste a dejar su hogar
no entiende las palabras de los hombres de blanco
no entiende la palabra tragedia
repite que no se siente descontento
con la obra del nuevo dios
que es un ferviente devoto
de la religión del progreso
hacía 30 años —empezó a narrar—
otros hombres de blanco
habían venido a su humilde casa
y le habían dicho
que el nuevo dios
del que nada debía temer
pues tenía cara de hombre
necesitaba muchas de sus tierras
le hablaron de la nueva filosofía del nuevo dios:
el progreso
le dijeron que la nueva autopista
era deseo del nuevo dios
el anciano decía que todavía recordaba
todas aquellas palabras
que un enviado del nuevo dios le dijo
cuando lloró viendo aquellas extrañas máquinas
destruir el viejo paraíso
de sus ancestros
cultivado
en honor
de los viejos dioses

no son ruinas
son ofrendas del nuevo dios
no son desechos
son semillas de creación





© 2014 Biel Rothaar