vendredi 3 juillet 2015

Dudas y Cuestiones (51)





Va finalizando un nuevo show de campaña electoral:
los conocidos intentos de progresar descubriendo las contradicciones ajenas
y disimulando las propias,
la búsqueda de silenciar las buenas ideas del otro
y potenciar las personales,
la constante dialéctica bélica donde solamente sirve el triunfo propio
o, como bálsamo, la derrota del antagonista,
el espectáculo del mitin como glorificación alrededor de una supuesta mayoría refrendadora
proyectada en la patética realidad de una minoría fanática,
el espectáculo incómodo de las ridículas tentativas de vanaglorización propia
y desvalorización ajena,
(por cierto, ¿se recuerdan en la historia de la política
(exceptuando los de Fraga),
unos spots electorales que produzcan más vergüenza ajena,
tanto en la estética como en el contenido, que los de Jaume Collboni?)



¿Cuándo serán reconsideradas las largas campañas electorales
como innecesarios atentados intelectuales,
como innecesarias escenificaciones políticas de lo palmario?


¿Cuándo será comprendido también que de nada sirve electoralmente
desenmascarar a Esperanza Aguirre o a Rita Barberá,
como no sirvió de nada desenmascarar a Camps o a Berlusconi?


¿Cuándo será entendido que el verdadero problema
es que en realidad hay millones de Camps y millones de Berlusconis,
y que Aguirre y Barberá no son más que carismáticas encarnaciones individuales de ese trasfondo social?


¿El previsible fin del bipartidismo,
y la arribada del cuatripartidismo,
no significará en verdad más que una complejización de la misma realidad política,
sin consecuencias significativas de progreso sustancial,
salvo meras reparticiones de nuevas dádivas y gracias sociales
para enjugar lágrimas y conquistar estómagos,
en una nueva repetición de la apaciguadora estrategia universal del «panem et circenses»?


¿Deberemos de asumir algún día que el signo común de las historias democráticas
por la acción política decisiva de la clase media conservadora y timorata
será acaso que todo "cambio social"
se reduzca a ligeras variaciones estéticas y aparentes cambios estructurales
que nada transforman en realidad el statu quo?


¿Estamos a las puertas de una de esas superficiales renovaciones estéticas y éticas
que en la Historia política democrática
será siempre lo más cercano a experimentar una “revolución social”?


Qué profunda nostalgia de aquellos tiempos en el que los revolucionarios
marcaban desacomplejadamente en avanzadilla combativa
el camino de nuevas sociedades menos injustas y menos opresivas,
tan distinto a estas tristes visiones de revolucionarios tratando de hipnotizar al pueblo
con suma cautela retórica
como taimados flautistas de Hamelín.



Consecuencias acaso inevitables de tratar de ser revolucionario en contextos democráticos:
prevalencia del ingenio y la moderación para guiar con cuidado al rebaño
sin que éste se dé cuenta del nuevo destino social,
inventando así un nuevo concepto:
el bizantinismo revolucionario.



© 2015 Biel Rothaar