jeudi 2 juillet 2015

Aproximación a una literatura futura (a propósito de Petroleum River de Kris Ty Driscoll)






I

De aquel derrocamiento lento como objeto estético-formal nacido para la exclusiva experiencia sensual que había supuesto el brote de la fuente-urinario duchampiana (en ese recurrente transvase del protagonismo por extenuación entre lo “formal” y lo “conceptual” que parece perseguir al arte como un ciclo gravitacional), la pintura como simple materialidad estético-formal había proseguido ya su camino histórico como un ser errático sentenciado al ostracismo, y marcado por la condena de deambular animado ya como mejor sustento anímico por la acción del genio, del escándalo o de un eterno esnobismo crónico, sin capacidad ya de emoción ni de conmoción, porque esos son atributos que son propiedad exclusiva de los seres vivos. 

Ciertas voces auguran un similar destino cercano a la novela tradicional ante los primeros signos de un auge de novelas más conceptuales, otras voces señalan por el contrario que esta secuencia histórica no llegará a materializarse en el tiempo ya que la novela tradicional encontrará pronto ese mismo renacimiento estético-formal que halló el espíritu escultórico en otro cuerpo. Esa refundación que el oficio de Rodin descubrió en la nueva praxis corpórea de la “instalación”, proclamando que esta nueva praxis corpórea que aguarda a la novela tradicional para su renacimiento estético-formal es la praxis singular e inexplorada del libro electrónico, como una especie de un no man's land propicio para el favorecimiento incluso de una nueva literatura. 

Un territorio inédito en el que las primeras generaciones de autores digitales (llamados por derecho propio y acaso como principal signo de su generación al desarrollo y exploración orgánica del libro electrónico), se sentirán más bien desorientadas, incapaces en muchos casos de desarrollar una identidad literaria satisfactoria, escribiendo como escribían en la vieja patria del libro tradicional, rehenes todavía de los vínculos emocionales y culturales con la literatura antigua, incapaces de advertir todas las potencialidades y virtudes específicas que alberga el libro electrónico esperando aún a ser nombradas, ese espacio natural adonde tarde o temprano deberá de realizar tal vez la mudanza la vieja cultura escrita, una vez que la dimensión digital sea la única dimensión posible, o al menos la única dimensión visible.




II


Todo ese nuevo mundo de posibilidades y oportunidades literarias que sí ha acertado ya a entrever tal vez el joven autor norteamericano Kris Ty Driscoll, en su ópera prima, Petroleum River, autopublicada digitalmente, y de momento obra casi marginal y desconocida.

Kris Ty Driscoll (Columbus, 1984), asoma por primera vez su lenguaje (que baila en permanente tensión entre lo audaz y lo académico), a través de un complejo universo literario edificado sobre una ficticia Yoknapatawpha faulkneriana, en la que varias sagas familiares del medio oeste norteamericano entremezclan sus vidas oscilando generación tras generación entre el horror y la redención. 

Este complejo texto, estructurado en múltiples niveles de lectura, expone con habilidad y brillantez a través de su estructura rupturista las rentabilidades narrativas de algunas de las destacadas potencialidades específicas del libro electrónico que nos anticipa Kris Ty Driscoll: el uso de las narrativas hipermedia e hipertextual a través de la conectividad mediante el uso de hiperenlaces hacia páginas foráneas más allá del texto principal de la novela (convirtiendo en arcaica la limitación física de la vieja página de papel de la novela tradicional), y por último, el carácter actualizable e infinito del libro electrónico que convierte a su vez en obsoleta la palabra fin, abriendo la posibilidad de un texto infinito. Una literatura (o forma de postliteratura) que desborda el marco de concentración del libro tradicional para dispersarse hacia nuevas formas documentales digitales que combinan en una nueva lógica narrativa, texto e imagen, mediante nuevas formas de expresividad literaria relacionadas con los nuevos modos de escritura y lectura digital: una tecnonarrativa que como señalan algunos autores demandaría incluso el desarrollo en paralelo de un tipo de crítica textual adaptada a ese nuevo contexto. La novela electrónica que parece sugerirnos Kris Ty Driscoll se asemeja así a una intrincada red de documentos y de significaciones textuales o textovisuales codificadas en un moderno dominio estético-formal insertado con singularidad en la joven tradición de las obras transmedia.

Cumpliendo este contexto de las narrativas cross-media, en la página 35 de la primera parte de Petroleum River, asistimos desconcertados por medio de la acción de un hiperenlace hacia un vídeo de Youtube a la estremecedora confesión de las razones personales que han llevado al personaje de Jermaine Wallace a asesinar a todas las mujeres de la familia Montgomery del condado de Petroleum River. 

En esta audacia hipertextual que comunica originalmente el discurso literario y el discurso audiovisual, Kris Ty Driscoll pareciera esbozar desde el comienzo el decidido camino de una literatura futura que aún no alcanzamos quizá a soñar: la acaso inevitable yuxtaposición natural de lo literario y lo audiovisual en el marco de la nueva cultura de las pantallas. Aunque todo eso, de encontrar su plasmación futura, tal vez en su momento ya no sea llamado literatura, ni sus practicantes deseen ya ser llamados tampoco escritores. 

A lo largo de numerosos puntos del relato somos partícipes de esta dinámica lectora disruptiva que mediante esa lógica narrativa transmedia nos hace saltar por ejemplo del texto narrativo de la tableta lectora mediante ciertos links a la descodificación narrativo-visual de nuevos vídeos de Youtube o Vimeo creados por diferentes personajes de la historia, quienes nos van ofreciendo a través de esa particular mecánica y ritmo narrativovisual el crecimiento dramático de la trágica historia de ese ficticio condado norteamericano de Petroleum River, tierra de paso de la Oregon Trail.

En otras partes del texto somos orientados por contra fuera del texto principal de la novela hacia la interioridad narrativa periférica del blog de Kathleen, personaje integrante de la familia Richardson, quien a lo largo de su vida ha ido registrando en su blog personal de forma puntillosa a modo de crónica periodística los principales sucesos de la cotidianidad del condado, y donde además podemos encontrar como anexos a esas publicaciones blogueras numerosos comentarios de vecinos del condado que son asimismo protagonistas en el transcurso del texto principal —materia textual sin aparente importancia pero que forma parte igualmente del entramado novelesco de la historia—.

En otros núcleos dramáticos del relato, otros hiperenlaces hipertextuales o hipermedia nos conectarán con un oportuno flujo narrativo de fotografías, registros sonoros, viejos mapas de la región, antiguas canciones del condado, intercambios de correspondencia digital, documentos oficiales escaneados, testimonios en redes sociales, y diversos elementos audibles o visualizables que nos posibilitarán una amplificada comprensión textual de la historia, remarcando esa yuxtaposición entre el discurso literario y el discurso audiovisual en una perfecta contextualización textovisual de la trama como si se tratase de un magistral relato fordiano. 

Pero, fundamentalmente, una y otra vez, a lo largo de la lectura somos reenviados con reiteración a lo largo del texto principal mediante la voz narrativa de personajes secundarios hacia la web personal de Phoebe Lynn, una de las mujeres asesinadas de la familia Montgomery. En este decisivo vórtice textual encontraremos significativos puntos de avance en la comprensión del relato en el curso de una especie de diario personal experimental, donde el personaje de Phoebe Lynn ha ido registrando y documentando con exagerada minuciosidad de forma digital sus 26 años de existencia (partida bautismal, fotografías, billetes de avión, recortes de su diario personal, solicitudes administrativas, etc.). 

A este mismo vórtice textual, principal punto gravitatorio de la historia, es también donde Solomon Wallace —una de las voces protagonistas del relato y hermano del asesino— nos conducirá de modo recurrente en un intento personal por alcanzar la explicación definitiva del horrible asesinato de todas las mujeres Montgomery cometido por su hermano, y que representa en general el espacio en el que convergen finalmente todas las voces narrativas de la novela en busca de su propia conclusión personal e incompleta. 

Aunque, sin ninguna duda, aquellos momentos narrativos que condensan más nítidamente esas ventajas de conectividad y narración abierta y sin límites esbozadas por Kris Ty Driscoll nos son mostradas a partir de la aparición textual de los hiperenlaces que nos adentran por sorpresa en el interior de otra obra literaria paralela e inconclusa (la cual a su vez nos remitirá en una especie de espiral sin fin mediante nuevos links a otras narraciones y a otras épocas), escrita de forma independiente por Ray Ward-Cox, viejo historiador oriundo del condado de Petroleum River, quien también investiga paralelamente en el momento de la escritura de la novela por parte de Kris Ty Driscoll el asesinato de todas las mujeres Montgomery. Aunque al contrario de la vocación tradicional de obra cerrada de Kris Ty Driscoll, el abordaje que hace al tema Ray Ward-Cox es más genérico y amplio, como un mero capítulo interdependiente en el marco de una vasta investigación histórica, simplemente como el capítulo 379 de una extensa investigación personal a la que Ward-Cox ha consagrado toda su vida intentando comprender los principales crímenes cometidos desde la misma fundación histórica de Petroleum River, desde el primer fuerte construido en el año 1837 sobre las que serían las futuras tierras del condado. 

La propia obra de Ward-Cox como una obra infinita dentro de la obra (¿acaso la verdadera obra?), pretendiendo revelarnos a través de las circunstancias y el análisis de todos esos crímenes cometidos en ese pequeño territorio americano toda la deriva histórica del condado de Petroleum River desde los rudos instantes iniciales de la colonización americana, mostrando así indirectamente la propia deriva histórica de los Estados Unidos, e incluso quizá de la propia naturaleza humana.





III

Nadie conoce con certeza el alcance y la trascendencia de las obras singulares que nos legará en el futuro la idiosincrasia particular del libro electrónico, y si incluso esas obras podrán seguir siendo tildadas como novelas, pero al menos podemos estar seguros que trabajos precursores como el de Kris Ty Driscoll reabrirán los mustios salones de debate de las cátedras de teoría literaria.

Algunos, es probable, ejercerán como reacción la conocida contraargumentación pesimista adscritos en las corrientes más agoreras manifestando una vez más que el libro electrónico a pesar de insertarse de manera natural en la nueva cultura de las pantallas, tampoco podrá devolver de nuevo a la novela a una posición preeminente, debiendo de conformarse de modo ineludible con esa paulatina aceptación de una cierta degradación a un papel secundario frente a las nuevas formas de literatura visual como por ejemplo las teleseries, ya que principalmente la nueva cultura de las pantallas presenta en el horizonte un nuevo mundo que no presupone fundamentalmente una era de lectores, sino una era de espectadores. 

Todas estas fórmulas de hibridación que puedan establecerse entre lo textual y lo audiovisual como en el caso de Kris Ty Driscoll intentando producir un nuevo género intermedio de lectoespectadores es posible que en efecto no pasen de meros ejercicios originales minoritarios, connaturales evoluciones modernas de la vieja novela gráfica que en el curso de la historia no merecerán tal vez mejor definición que los desesperados intentos finales de adaptación del viejo mundo tradicional analógico y caligráfico al nuevo paradigma digital de un mundo visual y panóptico, los últimos intentos de supervivencia sincrética de la galaxia Gutenberg en su colisión con la Galaxia Gates. 

En cualquier caso, más allá de las transformaciones que sufra y sufrirá la manera de recibir el contenido por parte del receptor, lo que permanecerá invariable será la existencia de los autores, independientemente del continente y del medio de difusión que estén en boga en cada época. La pervivencia del autor es una profecía sin riesgo, incluso en ese lejano horizonte a siglos vista, en el que la propia era de la imagen y la cultura audiovisual se enfrenten a su propio escenario de decadencia y extinción, a su propio apocalipsis, al nuevo mundo que también las vaya sepultando lentamente sin ningún remordimiento, con la misma naturalidad e impotencia con la que se contempla a veces el paso de las estaciones y de los años. 

Un nuevo mundo que otra vez asombrará durante su lento nacimiento a todos sus contemporáneos. Un nuevo mundo radical y de sorprendentes connotaciones, un extraño mundo en el que posiblemente los autores ya no necesitarán incluso elaborar sus obras, porque la manufacturación física del pensamiento en artefactos intelectuales de consumo será considerada tan obsoleta como hoy día nos parece ya comprar un sello o revelar un viejo carrete fotográfico.

Un tiempo todavía inconcebible en el que el autor se libere posiblemente para siempre de la subordinación orgánica a cuadernos y teclados. Un tiempo en el que tal vez se vaya al encuentro de nuestros autores preferidos entrando en cabinas de inimaginables locales, como en una especie de sex-shop cultural, y donde previa introducción de una moneda el usuario recibirá de manera sensorial la obra del autor perfectamente organizada lingüísticamente en un estructurado orgasmo hologramático de ideas y de formas.

Porque por muchas revoluciones de medio de difusión y de continente que se produzcan a lo largo de cada época, el lenguaje —a pesar de las muchas contracciones y mutaciones que éste sufra—, es una de las pocas realidades inmutables que acompañarán al Hombre hasta la hora de su extinción final, porque el lenguaje al contrario que el Hombre es inmortal. 



© 2015 Biel Rothaar